miércoles, 17 de abril de 2019

Akash Bashir: Dar la vida por los demás.


El 15 de marzo de 2015 el joven Akash Bashir, antiguo alumno salesiano, se sacrificó para impedir que un terrorista suicida provocase una matanza en la iglesia de San Juan en Youhannabad, un barrio cristiano de Lahore (Pakistán).
Tenía 18 años, había estudiado en la Escuela Técnica Don Bosco de Lahore y se había ofrecido como voluntario para la seguridad de la comunidad cristiana. Aquel día vigilaba en la entrada de la iglesia de San Juan cuando vio que se acercaba corriendo hacia el templo un hombre. Akash lo detuvo y el individuo le explicó que llevaba una bomba para hacerla explotar entre los cristianos. Por lo que Akash le abrazó para impedir su intento. El terrorista entonces hizo explotar su carga muriendo unas veinte personas, entre ellas el mismo Akash que, con su intervención había impedido un desastre en la iglesia llena de fieles para la Misa.
Dar la vida por los que uno ama es un rasgo de valentía, pero antes que de valentía, de madurez humana y, para un cristiano, de amor. En nuestra vida diaria, muchas veces nos parece impulsar la necesidad de hacer algo costoso por otro, por los demás. Pero nos paraliza la mente que razona muy oportunamente: “¿Para qué si nadie te lo va a agradecer?”. “Bueno, pero ten en cuenta que no se va enterar nadie de que has sido tú”. “¿Les debes algo?”. “Al final el que sale perdiendo eres tú. Déjale: que se arregle él solo”. “¿Quién me ha dado vela en este entierro?”...  
Vivir así, sentir así, actuar así es propio de nuestra naturaleza que, ordinariamente, se mueve y vive alerta para que nada turbe o dañe la tranquilidad e integridad de nuestro precioso yo. Sin acertar con que el precio de nuestro yo (el placer profundo de que sea de verdad precioso) nace de tener en cuenta al otro, de saber que sin el otro, sin los otros, no tiene sentido, ni precio ni valor ningún yo. 

viernes, 12 de abril de 2019

Los crucificados de hoy (J.A. Mateos)

Traemos con permiso presunto un artículo de opinión de Jose A. Mateos en Salamanca RTV_aldía (2017):

Hay entre nosotros quienes preferirían un Cristo sepultado, un muñeco que llevar en procesión por las calles, un Cristo amordazado, un Cristo hecho a la medida de nuestros caprichos y de nuestros mezquinos intereses. No quieren un Dios que nos pregunte y que revuelva nuestras conciencias, un Dios que clame: 'Caín, ¿qué has hecho a tu hermano Abel?'

W. O'MALLEY, The Voice of Blood

Una semana importante para los cristianos, desde sus comienzos la Iglesia ha celebrado el Misterio Pascual de la muerte y resurrección de Jesús, momento cumbre de la historia de la salvación. Semana concentrada en tres días para celebrar el amor, la muerte y la vida, de ahí el nombre de Semana Santa. La participación en diferentes manifestaciones de religiosidad popular como procesiones, vía crucis, etc., son formas de celebrar el Misterio Pascual, pero debemos distinguir entre lo que es la devoción y la celebración misma de ese misterio en el Triduo Pascual: La Cena del Señor (Jueves Santo), La Muerte (Viernes Santo) y la Vigilia Pascual (Sábado Santo).
La muerte, puede ser lo más recóndito de la existencia humana, esa posibilidad de no ser, de llegar a un punto sin retorno, provoca angustia y miedo. Esa realidad irracional de la muerte tiene un punto culminante en la cruz de Jesús, su muerte no fue un error, fue el precio de su rebeldía, de su disidencia, en ella, un grito terrible: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado…” (Mc 15,34.37). Una muerte injusta, sufrida en soledad, silencio y abandono, en la que todos colaboran o porque piden la muerte directamente o porque callan para no complicarse.
Cada día, en el mundo, muchos justos son aniquilados como lo fue Jesús. Con la muerte del Justo no han acabado las muertes de los justos, por todos los rincones de la tierra se encuentran muchos hombres llamados a la impotencia y al sufrimiento. Muchos no entienden la fe en un crucificado, tampoco que los crucificados de ahora puedan hablarnos de Dios y evangelizarnos. No es fácil creer en un pobre entre los pobres, en un Dios que cuelga en un madero, es más fácil inclinarse ante un Dios todopoderoso que resuelva la vida una vez por todas. La justicia, como la verdad, complican nuestras vidas, para no complicarnos, callamos y hacemos la vista gorda y seguimos la rueda de la cotidianidad acomodándonos a todo. Todas las víctimas y ajusticiados injustamente tienen su razón de ser aunque solo sea para manifestar un grito contra la injusticia. La humanidad, sobre todo los “anawin”, dependen del grito de alguien, ese fue el grito de Jesús ante el abandono de todos, es el grito contra todo pragmatismo, es el grito contra todo lo que amenaza y destruye la dignidad y la libertad.
Los abandonados y crucificados en la época de Jesús eran anawim, hoy también. El “anawin” podía ser un pobre, aunque no necesariamente, escaso de bienes materiales básicos. Podía ser, aunque no siempre, una persona marginada o excluida socialmente, no siempre es un emigrante, un refugiado, un anciano olvidado o un drogadicto. Son todos aquellos que no tienen nada, incluido lo que necesitan para vivir plenamente, son aquellos que viven el desconsuelo, el abandono, el rechazo, minusvalía física y mental, enfermedad, depresión y la simple y sencilla soledad y miseria. El anawin, es aquel que nada tiene y pone en Dios su esperanza última, está seguro de que llegará un “día del Señor” que pondrá la historia y a todos en su sitio.
Está siendo una semana crucificados: Los ataques de Siria con armas químicas sobre víctimas inocentes y niños; el fanatismo terrorista se hizo presente en Estocolmo; Los 59 misiles dejados caer por Estados Unidos provocando toda una serie de muertos que se quedarán en el olvido; más de 50 cristianos asesinados en Domingo de Ramos cuando levantaban los ramos de la paz y la esperanza; los inmigrantes que se siguen apilando en las fronteras, los refugiados en las alambradas esperando su oportunidad en un mundo sin oportunidades; ACNUR está advirtiendo del riesgo de muertes masivas por hambre en el cuerno de África, Yemen y Nigeria aumentando los desplazamientos y refugiados por la sequía. Son ellos, no las imágenes que sacamos a las calles, los que continúan la Pasión de Dios, son también causa y principio de salvación del mundo. Los crucificados hoy, como ayer ofrecen al mundo la posibilidad de conversión, esperanza, amor, perdón, solidaridad, fe. Posiblemente esa realidad ha quedado oculta ante tanta estética religiosa en las calles, nuevas formas de adormidera, una religiosidad de circunstancias de otra época o de un mundo sin Dios, que oculta y oscurece al verdadero crucificado.
Nuestra misión de seguir a Jesús y de abrir la esperanza en la resurrección, que está ligada a bajar de la cruz a tantos crucificados. Debemos aproximarnos a esa realidad como el que tiene un tesoro escondido, hacernos cargo de la situación y aprender de ellos. Solo desde los anawin, podemos acceder a la resurrección de Jesús y dar testimonio de ella. Integrar en la cruz la experiencia de un Dios que se deja afectar por el sufrimiento humano y abrir una esperanza liberadora contra la injusticia que produce víctimas. La experiencia del Resucitado está llamando a nuestras comunidades a la solidaridad con los crucificados y a la lucha contra la injusticia, no solo a transformar el corazón del hombre, sino el corazón de un mundo sin corazón. La resurrección de Jesús es “la protesta de Dios contra la injusticia, la injusticia infligida a Jesús y a aquellos a quienes él sirvió” (T. Lorenzen).

domingo, 7 de abril de 2019

El Galán del verde Gabán (2/3).

Calló en diciendo esto don Quijote, y el de lo verde, según se tardaba en responderle, parecía que no acertaba a hacerlo; pero de allí a buen espacio le dijo: 
 -Acertastes, señor caballero, a conocer por mi suspensión mi deseo; pero no habéis acertado a quitarme la maravilla que en mí causa el haberos visto; que, puesto que, como vos, señor, decís, que el saber ya quién sois me lo podría quitar, no ha sido así; antes, agora que lo sé, quedo más suspenso y maravillado. ¿Cómo y es posible que hay hoy caballeros andantes en el mundo, y que hay historias impresas de verdaderas caballerías? No me puedo persuadir que haya hoy en la tierra quien favorezca viudas, ampare doncellas, ni honre casadas, ni socorra huérfanos, y no lo creyera si en vuesa merced no lo hubiera visto con mis ojos. ¡Bendito sea el cielo!, que con esa historia, que vuesa merced dice que está impresa, de sus altas y verdaderas caballerías, se habrán puesto en olvido las innumerables de los fingidos caballeros andantes, de que estaba lleno el mundo, tan en daño de las buenas costumbres y tan en perjuicio y descrédito de las buenas historias. 

 -Hay mucho que decir -respondió don Quijote- en razón de si son fingidas, o no, las historias de los andantes caballeros. 
 -Pues, ¿hay quien dude -respondió el Verde- que no son falsas las tales historias? 
 -Yo lo dudo -respondió don Quijote-, y quédese esto aquí; que si nuestra jornada dura, espero en Dios de dar a entender a vuesa merced que ha hecho mal en irse con la corriente de los que tienen por cierto que no son verdaderas. 
 Desta última razón de don Quijote tomó barruntos el caminante de que don Quijote debía de ser algún mentecato, y aguardaba que con otras lo confirmase; pero, antes que se divertiesen en otros razonamientos, don Quijote le rogó le dijese quién era, pues él le había dado parte de su condición y de su vida. A lo que respondió el del Verde Gabán: 
 -Yo, señor Caballero de la Triste Figura, soy un hidalgo natural de un lugar donde iremos a comer hoy, si Dios fuere servido. Soy más que medianamente rico y es mi nombre don Diego de Miranda; paso la vida con mi mujer, y con mis hijos, y con mis amigos; mis ejercicios son el de la caza y pesca, pero no mantengo ni halcón ni galgos, sino algún perdigón manso, o algún hurón atrevido. Tengo hasta seis docenas de libros, cuáles de romance y cuáles de latín, de historia algunos y de devoción otros; los de caballerías aún no han entrado por los umbrales de mis puertas. Hojeo más los que son profanos que los devotos, como sean de honesto entretenimiento, que deleiten con el lenguaje y admiren y suspendan con la invención, puesto que déstos hay muy pocos en España. Alguna vez como con mis vecinos y amigos, y muchas veces los convido; son mis convites limpios y aseados, y no nada escasos; ni gusto de murmurar, ni consiento que delante de mí se murmure; no escudriño las vidas ajenas, ni soy lince de los hechos de los otros; oigo misa cada día; reparto de mis bienes con los pobres, sin hacer alarde de las buenas obras, por no dar entrada en mi corazón a la hipocresía y vanagloria, enemigos que blandamente se apoderan del corazón más recatado; procuro poner en paz los que sé que están desavenidos; soy devoto de nuestra Señora, y confío siempre en la misericordia infinita de Dios nuestro Señor. 

martes, 2 de abril de 2019

¿Ayudar a Dios?


Pedro Bloch, nacido, como sabes, en 1914 en Jitomir del Imperio Ruso (ahora Ucrania), médico, periodista, compositor, escritor, afincado en Brasil, donde murió en 2004, refería en uno de sus libros su encuentro con un muchachito singular al que le preguntó: “-¿Rezas a Dios? –Sí, todas las noches. -¿Y qué le pides? –Nada. Le pregunto si puedo ayudarle en algo”.
Y Bloch lo consignaba para lección, no siempre aprendida, de nuestra vida. 
Aquel niño no había leído, sin duda, el capítulo segundo del libro del Génesis, es decir, de la Creación: "Tomó Yahveh Dios al hombre y lo puso en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase".
Pero su respuesta era la de quien sabiamente sabe cuál es el destino del hombre sobre la Tierra: labrarla y cuidarla, es decir, ayudar a Dios en algo. Y aquel niño le pedía a Dios que le dijese cuál era su tarea para el día siguiente.
Nos pasamos la vida rezando (o sin rezar porque nos parece que no sabemos, que no hace falta, que para qué) y pidiendo, porque creemos que Dios, “que todo lo puede”, puede darnos lo que nosotros deberíamos cultivar y cuidar en esta vida en la que nos ha dejado como actores.
Nos quejamos de lo que no nos dan, olvidando la sabiduría del que dijo que “es mejor dar que recibir”. Nos quejamos de que el campo no está bien cultivado, mientras que mantenemos muchos surcos del nuestro en barbecho. Nos ejercitamos en el noble arte de discernir, comentar, criticar… y hasta herir. Pero rechazamos que otros nos digan que somos unos vagos, descuidados e irresponsables.
Nuestro papel de educadores lleva consigo la lección, a nosotros mismos y a los destinatarios de nuestra noble misión, la convicción de que somos dependientes, pero sin descuidar la de que hay mucho campo que depende de nosotros y queda a la espera. 

jueves, 28 de marzo de 2019

El Galán del verde Gabán (1/3).


Es tan rica y expresiva esta larga reflexión de Cervantes que atribuye al sabio caballero del verde gabán, que vale la pena escucharle en tres veces que volvemos a ella: Va aquí la PRIMERA PARTE:

En estas razones estaban cuando los alcanzó un hombre que detrás dellos por el mismo camino venía sobre una muy hermosa yegua tordilla, vestido un gabán de paño fino verde, jironado de terciopelo leonado, con una montera del mismo terciopelo; el aderezo de la yegua era de campo y de la jineta, asimismo de morado y verde. Traía un alfanje morisco pendiente de un ancho tahalí de verde y oro, y los borceguíes eran de la labor del tahalí; las espuelas no eran doradas, sino dadas con un barniz verde, tan tersas y bruñidas que, por hacer labor con todo el vestido, parecían mejor que si fuera de oro puro. Cuando llegó a ellos, el caminante los saludó cortésmente, y, picando a la yegua, se pasaba de largo; pero don Quijote le dijo: 
- Señor galán, si es que vuestra merced lleva el camino que nosotros y no importa el darse priesa, merced recibiría en que nos fuésemos juntos. 
- En verdad -respondió el de la yegua- que no me pasara tan de largo, si no fuera por temor que con la compañía de mi yegua no se alborotara ese caballo. 
- Bien puede, señor -respondió a esta sazón Sancho-, bien puede tener las riendas a su yegua, porque nuestro caballo es el más honesto y bien mirado del mundo: jamás en semejantes ocasiones ha hecho vileza alguna, y una vez que se desmandó a hacerla la lastamos mi señor y yo con las setenas. Digo otra vez que puede vuestra merced detenerse, si quisiere; que, aunque se la den entre dos platos, a buen seguro que el caballo no la arrostre. 
Detuvo la rienda el caminante, admirándose de la apostura y rostro de don Quijote, el cual iba sin celada, que la llevaba Sancho como maleta en el arzón delantero de la albarda del rucio; y si mucho miraba el de lo verde a don Quijote, mucho más miraba don Quijote al de lo verde, pareciéndole hombre de chapa. La edad mostraba ser de cincuenta años; las canas, pocas, y el rostro, aguileño; la vista, entre alegre y grave; finalmente, en el traje y apostura daba a entender ser hombre de buenas prendas. 
Lo que juzgó de don Quijote de la Mancha el de lo verde fue que semejante manera ni parecer de hombre no le había visto jamás: admiróle la longura de su caballo, la grandeza de su cuerpo, la flaqueza y amarillez de su rostro, sus armas, su ademán y compostura: figura y retrato no visto por luengos tiempos atrás en aquella tierra. Notó bien don Quijote la atención con que el caminante le miraba, y leyóle en la suspensión su deseo; y, como era tan cortés y tan amigo de dar gusto a todos, antes que le preguntase nada, le salió al camino, diciéndole: 
- Esta figura que vuesa merced en mí ha visto, por ser tan nueva y tan fuera de las que comúnmente se usan, no me maravillaría yo de que le hubiese maravillado; pero dejará vuesa merced de estarlo cuando le diga, como le digo, que soy caballero destos que dicen las gentes  que a sus aventuras van. 
Salí de mi patria, empeñé mi hacienda, dejé mi regalo, y entreguéme en los brazos de la Fortuna, que me llevasen donde más fuese servida. Quise resucitar la ya muerta andante caballería, y ha muchos días que, tropezando aquí, cayendo allí, despeñándome acá y levantándome acullá, he cumplido gran parte de mi deseo, socorriendo viudas, amparando doncellas y favoreciendo casadas, huérfanos y pupilos, propio y natural oficio de caballeros andantes; y así, por mis valerosas, muchas y cristianas hazañas he merecido andar ya en estampa en casi todas o las más naciones del mundo. Treinta mil volúmenes se han impreso de mi historia, y lleva camino de imprimirse treinta mil veces de millares, si el cielo no lo remedia. Finalmente, por encerrarlo todo en breves palabras, o en una sola, digo que yo soy don Quijote de la Mancha, por otro nombre llamado el Caballero de la Triste Figura; y, puesto que las propias alabanzas envilecen, esme forzoso decir yo tal vez las mías, y esto se entiende cuando no se halla presente quien las diga; así que, señor gentilhombre, ni este caballo, esta lanza, ni este escudo, ni escudero, ni todas juntas estas armas, ni la amarillez de mi rostro, ni mi atenuada flaqueza, os podrá admirar de aquí adelante, habiendo ya sabido quién soy y la profesión que hago. 

sábado, 23 de marzo de 2019

Un canal de plástico.


El mal que contemplamos en esta imagen, tomada de un video hecho en Manado, Indonesia, no es un mal único o extraño. Todo eso y todo lo que escupen los muchos ríos de plástico que van a ahogar a los océanos, son una amenaza evitable y un reflejo aturdido de nuestra conducta, la de los hombres, vergonzosa.
Sesenta kilómetros más al Sur se retiró del agua, hace cuatro meses, una ballena muerta, con seis kilos de plástico en el estómago.
Ocean Conservancy, organización no gubernamental con sede en Washington, asegura que China, Indonesia, Filipinas, Vietnam y Tailandia arrojan al mar el 60 por ciento de los residuos de plástico que hay en los océanos. Indonesia, que trabaja contra esta plaga, es la segunda, después de China, en esta contaminación.
El mal mayor, sin embargo, está en la cabeza y en el corazón  de los que contribuimos a este asesinato de la Naturaleza. Nuestra indiferencia (pensemos en la  de nuestros hijos y educandos) lleva a nuestras manos un instrumento asesino sin pensar que lo es. Es el primer fallo en nuestra educación, la propia y la de nuestros dependientes.
“¡Si no mancha!, ¡Si no corta!, Si no pesa nada!...”, es una respuesta insensata (porque no pensamos) y criminal (porque aceptamos la propia complicidad) sobre el hecho de la muerte lenta (más o menos lenta), imparable (ahí y en muchos otros sitios están los instrumentos con los que convivimos alegremente mientras el cadáver de la Naturaleza, sin hedor, brillante, ligero… nos acusa de indolencia, vagancia y egoísmo insensible. 

lunes, 18 de marzo de 2019

Compadecer... y estar cerca.


Sin duda conoces esta foto y has leído algunos de los comentarios que despierta en quien la contempla y conoce su historia. La tomó, según consta, el fotógrafo inglés Phil Hatcher-Moore en 2012 (17 de julio) en el Parque Nacional Virunga de la República del Congo.
Este parque tiene una larga historia cercana al siglo. Y es Patrimonio de la Humanidad desde hace casi cuarenta años. Defiende una amplia variedad animal de especies en peligro de extinción.
Porque la dañina y sinvergüenza raza humana de cazadores furtivos hace que algunas de las especies allí presentes, especialmente hipopótamos y gorilas de la montaña, puedan desaparecer.
Patrick Karabaranga, guardia del Virunga, alivia la tristeza de un amigo suyo, un joven gorila, cuya madre ha sido víctima de los furtivos. Su brazo sobre el hombro del joven gorila es mucho más que un testimonio, un motivo de elogio y una espontánea condena. Me hace pensar y preguntarme. 
El sentimiento de compasión ¿sigue existiendo? ¿O antes de esa pregunta hay que preguntarse antes si existen todavía los sentimientos? ¿Si la suficiencia con que crecemos y nos relacionamos es motivo para que crezcamos con la ataraxia que nos hace superiores a cualquier flaqueza?
Enseñamos a decir ante las desgracias de amigos y enemigos, cercanos y lejanos: “¿A mí qué más me da?”. Y aconsejamos: “¡Tú no te metas en nada y verás que nadie se mete contigo!”.  
Y no educamos o acompañamos en la senda de lo que creemos maduración, haciendo desaparecer de nuestro diccionario existencial, de nuestro mundo espiritual palabras y realidades como simpatía, cariño, afecto, cercanía, apoyo, interés, identificación, altruismo, unión, acompañamiento, soporte, alivio, defensa, ayuda…    

miércoles, 13 de marzo de 2019

Göbekli Tepe, Observatorio del Tiempo.


Sin duda sigues con atención todo lo que sucedió, sucede o puede suceder en este mundo (llamado así por ser limpio), cosmos (llamado así por ser bello), universo (llamado así por abarcarlo todo).
No eres el único. Hace ya casi once mil años en Turquía, hombres de curiosidad, ciencia e inquietud quisieron dejarnos unos pilares de piedra con su testimonio de los efectos de un enjambre de fragmentos de cometas que provocó una edad de hielo conocida como Dryas Reciente o Joven Dryas (Dryas es, como sabes, el nombre de una atractiva y pequeña flor fanerógama de ocho pétalos blancos que crece en lugares altos de montaña).
Un pilar llamado Piedra del buitre muestra en el conjunto de Göbekli Tepe, tallados, animales presumiblemente relacionados con las constelaciones y nos sirven para una sencilla reflexión sobre nuestra vida y nuestra historia, nuestro hoy y nuestro mañana, el hoy y el mañana de nuestros destinatarios.
¿Dedicamos algún tiempo de nuestro siempre escaso tiempo para reflexionar sobre el tiempo y los acontecimientos que en ellos nos han de venir? No deben caber en nuestras expresiones, porque no lo han permitido nuestras observaciones, intuiciones,  decisiones e intervenciones frases como éstas: ”¿Cómo lo iba a suponer yo?”, “¡Nunca lo hubiera pensado!”, “¡Si lo hubiera sabido…!”…
Y sin embargo, nos toca hacer de adivinadores del futuro en medio de la contemplación del presente.          
No podemos ignorar ni los fragmentos de cometa que van labrando la personalidad de nuestros hijos, ni las constelaciones sociales entre las que se mueven, ni los efectos notables que dejan huella en sus juicios, opciones y actos.   
Dicho de otro modo más corto: Debemos acompañar a quien está creciendo con interés, tiento, respeto, tacto, calor de afecto y apertura incondicional de amigo.    

viernes, 8 de marzo de 2019

Dónde está el Norte?


Un amable lector (todos los que me leen son amables: ¡Muchas gracias!) me escribe: “Puedo ser comunista? ¿Puedo ser bolchevique? ¿Puedo ser gay? ¿puedo ser ateo? ¿puedo ser catalanista? ¿puedo ser de Romanones? ¿Puedo insultar a Prim? ¿puedo decir de Viriato que era bárbaro y cruel? ¿Puedo afirmar que el Imperio Romano fue una apisonadora insensible? ¿Puedo quejarme de Proserpina porque se empeñó en dar nombre a un embalse que se llama Albuera de Carija? ¿Puedo decir que Xi Jinping es el mejor Presidente de la Historia?... ”.
No sigo poniendo todas las cosas que me dice el lector que puede ser sin que nadie se meta con él. Puede ser todo y decir todo, porque vivimos en un mundo en el que la ley nos permite ser nosotros mismos, pensar lo que queramos pensar, decir lo que nos dé las ganas decir…
Hasta que la silenciosa (y, con frecuencia, inoperante) Suprema Ley de la Convivencia (que está, como todos sabemos, por encima de cualquier ley humana, caduca e interesada) me diga que eso que quiero ser o decir atenta contra la libertad, la vida o la dignidad de los otros. De cualquier otro.
Y sigue el buen lector: “Pero cuando digo que quiero ser «facha» me dicen que no se me ocurra; o me amenazan con excluirme de su aprecio”. ¡Ya estamos! Aquí se ha hecho “suprema” la necia Ley del Borreguismo. 
En el fondo hay en nuestra conducta (y por desgracia también en nuestro criterio) una especie de plantilla social que me sugiere ser, pensar y actuar de modo que no ofenda a la mayoría. Porque me da miedo la mayoría, temo que me acose, que me convenza  de que estoy loco, de que eso ya no se lleva, etc.   
Dicho de otro modo, vivimos moviéndonos dentro de corrientes, siguiendo a “Vicente porque va por donde va la gente”, dejando de ser personas, renunciando a tener un Norte en nuestras opciones, nuestras decisiones, nuestra conducta, ser yo mismo, aceptando las normas racionales y convencionales de la convivencia, pero sin “pertenecer”.
Pertenecer significa que algo o alguien me tienen atado sin salida fácil (¡o posible!) y eso va contra mi condición de hombre honrado y responsable que quiero ser lo que sé que debo ser y actuar colaborando con los demás, pero sin dejarme uncir al carro de una mayoría por grande que sea o una minoría por enérgica que me parezca.
Educamos tratando de ayudar a modelar respetuosamente desde fuera el tesoro que se nos ha confiado y que debe moldearse y tallarse valientemente desde dentro. 

domingo, 3 de marzo de 2019

Sagunto: ¡Arrasado!


Tito Livio, el eminente escritor-historiador de Roma recordaba dos siglos más tarde (Historias XXI,7,1) acerca del año 219 aC: Mientras preparan y consultan sobre ella, Sagunto ya estaba arrasada.
Recordaba que el general Aníbal Barca había sitiado la ciudad, había luchado contra sus defensores (¡y habitantes!) ocho meses y, por fin, la había conquistado y arrasado totalmente.
Abreviando a Tito Livio se solía decir “dum Romae consulitur” (mientras en Roma se discute) que nos viene bien tener presente para nuestra vida de cada día veinte o veintitrés siglos después.          
Todos hemos sido testigos pacientes o actores impacientes de discusiones que no conducen a nada. De ellas sacamos algunas conclusiones como éstas. “Con fulano no se puede discutir. Siempre quiere salir con la suya…” . “Fulanita es inaguantable… Parece que habla solo para discutir”.
Discutir significa originariamente, como se sabe, sacudir. Hoy se usa con el deseo de que se convierta en discernir, separar lo cierto de lo incierto, reparar y obtener de los aspectos del tema que se trata la verdad para concretar una salida beneficiosa, práctica.
Pero hay personas que lo que necesitan es tomar la acción del verbo en su origen y convierten una conversación en una sacudida continua.
Ignoran tal vez que conversar es verter en común lo que se piensa, se desea o se pide y en vez de diálogo, que significa algo así como el ejercicio de ofrecer y regalar palabras que reflejen el calor del propio espíritu y no el asedio saguntino que logre arrasar al que se tiene, no como amigo, sino como contrincante.