miércoles, 20 de marzo de 2013

Francisco.



Durante la vida de Don Bosco la Iglesia estuvo presidida por Pío VII, León XII, Pío VIII, Gregorio XVI, Pío IX y León XIII. Con los dos últimos tuvo una relación frecuente. Debió visitarlos en el proceso de la aprobación de la Congregación Salesiana y de sus Constituciones. Y en su vida espiritual la Eucaristía, la Virgen y el Papa fueron tres metas de su afecto que presidían, cada uno con su valor, su obra y su labor de fundador y de educador. En estos días de novedad en la Iglesia de Roma por la presencia del Papa Francisco es bueno reafirmar nuestra adhesión a quien guía en el amor a los que seguimos a Cristo. 
Don Bosco soñó una noche que se encontraba en uno de los nichos más altos de San Pedro. No sabía cómo podía haber llegado allí y tuvo miedo. Buscó el modo de bajar, gritó pidiendo ayuda y el miedo angustioso le despertó.
El que visita la basílica de San Pedro de Roma puede descubrir que en el nicho situado encima del tondo del Papa Pío IX y la estatua en bronce de San Pedro en la derecha de la nave central está Don Bosco. En estatua, como otros 35 santos fundadores. Y le acompañan dos muchacitos que representan a Santo Domingo Savio, alumno suyo en su Oratorio de Valdocco-Turín, y el Beato Ceferino Namuncurá, hijo del cacique mapuche Manuel Cafulcurá de la pampa argentina.   
El 31 de enero de 1936 el cardenal Eugenio Pacelli, futuro Papa Pío XII, bendijo esa estatua del escultor Canonica de 4,80 metros de altura.
Fue Pío XI, Aquiles Ratti, quien quiso que se colocase su estatua donde está ahora. Siendo joven sacerdote pasó algunos días en Valdocco con Don Bosco. Le apreció profundamente y la Providencia hizo que, pasados algunos años, lo beatificase en 1929 y canonizase en 1934.
No es indiferente la postura con que el artista ha representado a los tres personajes. Los dos jóvenes miran y se funden en un gesto de adhesión a Cristo y a su Vicario. Siguen con esa actitud la indicación que Don Bosco les hace con su brazo derecho extendido. Si miramos con los ojos del alma descubriremos que también a nosotros sigue haciéndonos la misma invitación.

viernes, 15 de marzo de 2013

La infinitud y... el vacío.



Acabo de leer una vez más el diálogo de un periodista francés, Victor.-M. Amela con un tuareg, Moussa Ag Assarid, que estudia – declara él mismo – Gestión en la Universidad de Montpellier.
Estoy seguro de que conocéis su contenido, pero es tan sencillo y tan noble, que he pensado que es bueno conservarlo como una brújula para ayudarme a no perder el rumbo en medio de mi desierto habitado.
Copio algunas de sus reflexiones. Bastan, sin comentarios, para hacerme pensar. Que es una las acciones que menos me cansan por lo poco que lo hago.  
“No sé mi edad. Nací en el desierto del Sahara. ¡Sin papeles!
El azul, para los tuaregs es el color del mundo. Es el color dominante: el del cielo, el techo de nuestra casa.
Pastoreamos… en un reino de infinito y de silencio.
… No hay mejor lugar para hallarse a uno mismo.
Allí todo es simple y profundo.
Hay muy pocas cosas ¡y cada una tiene enorme valor!
Allí nadie sueña con llegar a ser, ¡porque cada uno ya lo es!
… vi el primer grifo de mi vida; vi correr el agua… y sentí ganas de llorar.
Lo que más añoro aquí… las estrellas.
Allí las miramos cada noche y cada estrella es distinta de otra…
Tenéis de todo, pero no os basta.
Os quejáis. ¡En Francia se pasan la vida quejándose!
¡Allí nadie quiere adelantar a nadie!
Aquí tenéis reloj. Allí tenemos el tiempo”.

domingo, 10 de marzo de 2013

Hay veces que es mejor callar.

Con toda la atención puesta en Roma son muchos los que se escandalizan por el mutismo comunicativo del colegio cardenalicio. Cada vez saben a menos las píldoras de Lombardi y son más los que se quejan de la política de medios que suspende las ruedas de prensa y amenaza con pena de excomunión al cardenal que se atreva a tuitear durante el cónclave.
Esta estrategia es difícil de explicar en un mundo híper-mediático en el que cualquier silencio hacia los medios se malinterpreta como falta de transparencia. He aquí una interesante lección que pone en su sitio la incuestionada dictadura de los medios. Y es que hoy toca hablar no de libertad de información, sino de la discreción y la prudencia que exige este tipo de procesos en los que, nunca mejor dicho, es fundamental preservar la libertad de Espíritu.
Jamás habíamos asistido a previos de un cónclave tan mediatizado por la opinión pública como éste. Hay quien quiere hacerlo parecer una campaña electoral o un escrutinio público del que debería surgir un elegido. Pero la Iglesia se empeña en recordarnos que hay momentos en que el silencio es el mejor compañero, en que necesitamos espacio y profundidad para captar aquello que se mueve en lo hondo y discernir con libertad las mociones del Espíritu.
Quizá cueste admitirlo, pero ya pasó el momento de opinar, comentar, incluso de informar... Ahora es tiempo de rezar para que sea el Espíritu, con su sabiduría, el que mueva los corazones del cónclave. Sólo así, desde el misterio, Dios encontrará, una vez más, espacio para hacerlo todo nuevo.
(Fr. Dan, tomado de www.pastoralsj.org)

martes, 5 de marzo de 2013

... Que algo queda.



En la fiesta que Medio dió en Babilonia el 31 de Mayo del año 323, Alejandro Magno se sintió mal. Y fue decayendo con fiebres sin remedio hasta su muerte el 10 de Junio. Medio no fue precisamente amigo del pequeño de estatura y gran general macedonio y conquistador de medio mundo que movió tanto en tan poco tiempo.
Medio fue un moscón de corte, más bien, que pasó en la historia de Alejandro y en la Historia de la Humanidad como adulador. Poca cosa. Pero de él se guarda algo tan sabroso como lo siguiente que refería Plutarco en sus consejos para distinguir al adulador del amigo: «que recomendaba atacar y morder sin miedo con calumnias, diciendo que aunque la víctima lograse sanar de la herida, queda en todo caso la cicatriz». Nosotros decimos ahorrándonos palabras, pero no saña: “Calumnia que algo queda”.  
Tal vez alguno tenga, como tengo yo, la impresión de que vivimos en un tiempo y en un lugar en el que todos arrastramos en nuestras carnes alguna cicatriz. O que todavía nos sangra el alma atacada y mordida. Te invito a que prestes atención a cualquier conversación. Entre frase y frase se entrevera un mordisco, una agresión, un ataque, una calumnia, un encantamiento maligno que hiere a su víctima y contagia a quien escucha.
Porque la maledicencia actual es fruto de una moda. Se ha puesto de moda insultar. Bien sabemos que las modas consisten en adoptar un modo que “se lleva”. Y si no “lo llevas” quedas mal. La entereza del que sabe lo que debe llevar y lo lleva se quiebra en los que no saben por qué hay que llevar lo que lleva, pero lo lleva porque lo llevan todos.
Es efecto de cretinismo por consiguiente. Como mi criterio no me llega para juzgar con limpieza de miras y grandeza de ánimo, adopto el modo del que más grita. ¡Y menos mal! 
Porque si la calumnia fuese la excrecencia moral de quien ha ahogado la conciencia o quiere ahogar la existencia del que no coincide con él, estamos ante el que clama por la libertad y la ahoga en el que pretende vivir en ella.

jueves, 28 de febrero de 2013

El que la sigue...



¿Es verdad que el que la sigue la consigue? Sí y no. Sí cuando el valor de lo que se persigue y puede conseguirse, aunque sea difícil, despierta un impulso interior que hace persistir en la búsqueda o en la carrera. No cuando las dificultades son más fuertes que el deseo y que el esfuerzo que se aplica para alcanzar lo que se quiere flaquea. Y es muy flojo el deseo y flaco el esfuerzo de muchos que se quejan de que no les dejan, de que no quieren sudar mucho, de que es mejor que les den ya cazado el oso que les gusta.
Los hermanos Orville y Wilbur Wright se dedicaban a trabajos mecánicos en un taller de reparación de bicicletas cuando concieron los esfuerzos del inglés George Cayley y del alemán Otto Lilienthal por conseguir que volase un aparato más pesado que el aire. Tenían a principios del siglo pasado 29 y 33 años respectivamente, pocos medios  y una preparación casi sólo práctica. Pero tenían también y mantuvieron toda su vida una ilusión y un tesón que los llevaron, como todos saben o deben saber, a construir maquetas, leer todo lo que encontraron sobre el objeto de sus proyectos, construir un “túnel de viento”, preparar una catapulta para el lanzamiento del aparato que construían en secreto, dotar a su primera criatura, el Flyer I, de un sencillo sistema de alabeo antes de lanzarlo al aire, sin más testigos que cinco amigos, el 17 de diciembre de 1903 en Kitty Hawk (Carolina del Norte). Y… ¡sí!... El ingenio se mantuvo en el aire ¡casi un minuto! Lo habían conseguido. Pero porfiaron y porfiaron, con miedo a que les robasen su patente, obtenida el 22 de mayo de 1908, y consiguieron convertirse en los pioneros del vuelo moderno.         
La historia y el mundo están llenos de mujeres y hombres que han derrochado  valentía, dolor, ilusión, responsabilidad, esfuerzo, entrega, perseverancia, sudor, sangre y amor… para alcanzar alguna meta. No han sido todas metas brillantes, llenas de aplausos, admiración y reconocimiento de los espectadores. Pero no era el aplauso ni el asombro lo que buscaban. La mayor parte lo ha hecho en la sombra, deseando cumplir con un deber que daba sentido a su vida.
A nosotros, padres y educadores, nos corresponde moldear, en un amoroso yunque de tenacidad, los caracteres capaces de ennoblecer las vidas de los que aprenden de nosotros.