jueves, 28 de febrero de 2013

El que la sigue...



¿Es verdad que el que la sigue la consigue? Sí y no. Sí cuando el valor de lo que se persigue y puede conseguirse, aunque sea difícil, despierta un impulso interior que hace persistir en la búsqueda o en la carrera. No cuando las dificultades son más fuertes que el deseo y que el esfuerzo que se aplica para alcanzar lo que se quiere flaquea. Y es muy flojo el deseo y flaco el esfuerzo de muchos que se quejan de que no les dejan, de que no quieren sudar mucho, de que es mejor que les den ya cazado el oso que les gusta.
Los hermanos Orville y Wilbur Wright se dedicaban a trabajos mecánicos en un taller de reparación de bicicletas cuando concieron los esfuerzos del inglés George Cayley y del alemán Otto Lilienthal por conseguir que volase un aparato más pesado que el aire. Tenían a principios del siglo pasado 29 y 33 años respectivamente, pocos medios  y una preparación casi sólo práctica. Pero tenían también y mantuvieron toda su vida una ilusión y un tesón que los llevaron, como todos saben o deben saber, a construir maquetas, leer todo lo que encontraron sobre el objeto de sus proyectos, construir un “túnel de viento”, preparar una catapulta para el lanzamiento del aparato que construían en secreto, dotar a su primera criatura, el Flyer I, de un sencillo sistema de alabeo antes de lanzarlo al aire, sin más testigos que cinco amigos, el 17 de diciembre de 1903 en Kitty Hawk (Carolina del Norte). Y… ¡sí!... El ingenio se mantuvo en el aire ¡casi un minuto! Lo habían conseguido. Pero porfiaron y porfiaron, con miedo a que les robasen su patente, obtenida el 22 de mayo de 1908, y consiguieron convertirse en los pioneros del vuelo moderno.         
La historia y el mundo están llenos de mujeres y hombres que han derrochado  valentía, dolor, ilusión, responsabilidad, esfuerzo, entrega, perseverancia, sudor, sangre y amor… para alcanzar alguna meta. No han sido todas metas brillantes, llenas de aplausos, admiración y reconocimiento de los espectadores. Pero no era el aplauso ni el asombro lo que buscaban. La mayor parte lo ha hecho en la sombra, deseando cumplir con un deber que daba sentido a su vida.
A nosotros, padres y educadores, nos corresponde moldear, en un amoroso yunque de tenacidad, los caracteres capaces de ennoblecer las vidas de los que aprenden de nosotros.  

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