jueves, 7 de febrero de 2013

Ciccio.



Ciccio, como sabéis por los medios de comunicación, tiene ya 14 años. Son bastantes para un pastor alemán. Y no le quedarán muchos para seguir esperando en la iglesia de Santa María Asunta de San Donaci, en la provincia de Brindisi, Sur de Italia, como hace desde noviembre, cuando su anciana amiga María falleció de repente. De momento, y parece que mientras haga falta, don Donato Panna, el compresivo párroco, lo acoge en su casa una vez que acaba la Misa de cada día.

Y los feligreses comentan este caso, no raro, pero sí peculiar, y la fidelidad de los perros, que tanto asombra.

Recuerdo, leyendo lo anterior, haber leído la anécdota de una familia que encomendó al veterinario la suerte de su can enfermo. «Tiene cáncer. Lo mejor es hacerlo ‘dormir’».

Y la familia esperaba el resultado de la inyección que le puso el técnico. Se preguntaban mientras tanto sobre la brevedad de la vida de un amigo tan fiel. El más joven, de nueve años, aseguró: «Yo sé por qué viven tan poco: necesitan poco tiempo para aprender a ser dóciles, obdientes, cariñosos…»

¿Cuánto tiempo necesita un hombre para ser dócil, obediente, cariñoso, generoso, fiel…? ¿O creemos que esas cualidades y otras muchas son sólo propias de los perros? Para algunos la docilidad (que significa actitud para aprender), la obediencia (que significa capacidad para salir al encuentro), el cariño (que significa que nos importa de verdad la persona con la que tratamos), la generosidad es la convicción de que uno vale (al menos algo) y vale la pena darse (al menos un poco) a los demás, la fidelidad (que es igual que honradez, grandeza de ánimo, confianza, entrega incondicional)… son signos de debilidad. Cuando, por el contrario, la indocilidad es aferrarse al instinto, la desobediencia es incapacidad para colaborar, la agresividad es la excrecencia de la cerrazón, la reserva de sí es muestra de una ahincada autodesestima, la infidelidad es la negación de sí mismo.

A lo mejor es que hace falta empezar por saber usar el diccionario. Y después ofrecerse en el mercado público de las especias morales para dar sabor, sazón, luz y entusiasmo a las vidas de los demás. 

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