lunes, 14 de febrero de 2011

Honderos Baleares


Después de navegar como cangrejos en las rocas de Gimnesis rodeados de mar, arrastraron su existencia cubiertos de pieles peludas, sin vestidos, descalzos, armados de tres hondas de doble cordada. Y las madres señalaron a sus hijos más pequeños, en ayuno, el arte de tirar; ya que ninguno de ellos probará el pan con la boca si antes, con piedra precisa, no acierta un pedazo puesto sobre un palo como blanco.
Eso contaba Licofrón de Calcis 280 años antes de nuestra era, en un poema. Escribía de los descendientes de los fugitivos de la guerra de Troya al llegar a Gimnesias, como llamaban los griegos a las islas Baleares. Y Diodoro Sículo, dos siglos más tarde nos los describía así: Su equipo de combate consta de tres hondas, una de las cuales llevan en la cabeza, otra en la cintura y una tercera en la mano; utilizando esta arma son capaces de arrojar proyectiles mayores que los lanzados por otros honderos y con una fuerza tan grande que parece que el proyectil ha sido lanzado por una catapulta. Por ello en los ataques a las ciudades son capaces de desarmar y derribar a los defensores que se encuentran en las murallas y, si se trata de combates en campo abierto, consiguen romper un número enorme de escudos, yelmos y toda clase de corazas.
Listos los cartagineses (Amílcar, Asdrúbal, Aníbal), los tomaron en sus guerras púnicas contra Roma. En agosto del año 216 hicieron sentir la dureza de sus balas de piedra o de plomo en la batalla de Cannas. Quinto Cecilio Metelo, conquistador de las islas, acorazó sus barcos con cuero, porque los honderos atravesaban con sus proyectiles la línea de flotación de las naves y las hundían. Más tarde también fueron tropas auxiliares de Julio César en la conquista de la Galia.
Después de tanta digresión histórica va bien – y es lo que aquí interesa especialmente - una breve aplicación práctica: ¡Las madres baleares, educadoras de sus hijos, transmisoras de la propia cultura, sabían bien que sólo la disciplina, desde la infancia, podía formar buenos cazadores y buenos guerreros, que eran las dos únicas profesiones del mercado laboral de la época! Disciplina que no llevaba consigo sólo el aprendizaje de la puntería, sino la educación en los valores del ejercicio físico, el esfuerzo, la constancia, la solidaridad, el sacrificio, la renuncia, la aplicación, la obediencia, la atención, el silencio…
Cuando vemos hoy a un preadolescente engreído, suficiente, despotilla, egoísta, comodón, maleducado… (que los hay), exclamamos en nuestro interior:”¡Qué hermoso pelele!”. 

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