miércoles, 29 de agosto de 2012

La acera.


Aceras en Pompeya.

No está de menos – ni de más - recurrir al DRAE (Diccionario de la Real Academia Española) para saber o, mejor, para precisar qué es una acera. Esto dice el DRAE: Orilla de la calle o de otra vía pública, generalmente enlosada, sita junto al paramento de las casas, y particularmente destinada para el tránsito de la gente que va a pie.
Me pasa (a mí, pero a lo mejor también a otras personas) que voy por la acera (se suele decir “por la calle”, pero pienso que lo que hago es ir por su orilla, que no sé si es de la calle o del paramento de las casas) pensando: estas personas que encuentro ¿saben lo que es una acera y para qué sirve?
Bajo de la acera (mirando a la izquierda por si viene un coche) para no turbar la apacible con-tertulia que la ocupa totalmente: son tres amigas, un cochecito con un tierno bebé y dos adheridos… Y no es correcto impedir que se expresen con libertad en el lugar de su afortunado encuentro: “¡Cuánto tiempo sin veros!”. “¿Sabes lo que le pasó ayer a…?”.  
Me cruzo con personas que llevan bien clara en el rostro la noticia de que tienen carné de conducir (¡con todos sus puntos!). Y van por la izquierda. ¿Serán ingleses? Pero, también en la cara se ve claramente que les gusta la tortilla de patatas, el jamón de pata negra, el rabo de toro y los toros en la plaza.     
Pero sería demasiado ramplón quedarse en la acera de la vida sin lanzarse a la vorágine de la calle. ¡Y a ella vamos! Porque lo que quiero señalar (¿te pasa lo mismo o, al menos, un poco de lo mismo?) es que no es infrecuente encontrarse en ella con personajes que critican todo “de oficio”, con otros que preguntan con aire de código, no sé si moral, civil o penal,  si no habría sido mejor hacer eso o aquello de otro modo, con censores que reprochan (uno lo era tanto que le llamaban Don Reproche) cualquier minucia o error en tu frágil mundo de decisiones, no sé si porque no les gusta nada que no sea lo que ellos piensan o hacen o porque tienen envidia de no haberlo hecho ellos.
Pero los peores son los que no te dejan ser tú mismo, respirar como piden tus pulmones, alegrarte por el canto de un gorrión, sonreír porque por fin llega la lluvia o el sol o el calor o el frío.
¡A tapar la calle, que no pase nadie…! cantaban las niñas de mi niñez. Y yo sigo con ganas de que me dejen que las aceras de la vida estén destinadas realmente, no a llenarse de tapones humanos ni de vetos ideológicos, sino para el tránsito de la gente que va a pie.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.