sábado, 21 de abril de 2012

Anecoica.


El diccionario de la RAE dice de un lugar anecoico que es capaz de no reflejar el sonido. Tal vez venga del griego anecoo, que es lo mismo que no oír. Y tal vez yo esté en confusión porque no sé si es lo mismo no oír que no reflejar un sonido. La sociedad norteamericana Minnesota Orfield Laboratories se ha puesto a construir una cámara anecoica y ha conseguido que lo sea (que no se oye en ella nada) al 99,99%, dicen los medios de comunicación.  
Por si alguien necesitase en su casa algo parecido y no hubiese tenido acceso a la fuente, le damos las pistas para lograrlo: paredes de 3,3 metros de espesor en fibra de vidrio y acero y 30 centímetros de hormigón; suelo blando al paso. Se calcula que en un dormitorio doméstico hay 30 decibelios, mientras que en la anecoica de Minnesota el ruido de fondo es de -9,4 dB (la respiración tranquila de una persona sana es de 10 dB, dicen las tablas). 
Pero, claro. En un silencio tan extremoso suceden cosas como que asusta el ruido del latido del corazón, la respiración y los gorgoritos del sistema digestivo. ¿Con que resultado? Nadie ha aguantado dentro más de 45 minutos.
En realidad no se usa para cámara de tormentos, sino para comprobar el efecto de los sonidos sobre ciertos productos comerciales sensibles.
Pero conocer ese “antro” nos puede hacer pensar en las situaciones que a veces creamos en la vida (y hasta con las personas a las que más debiéramos querer) y que nos hacen aislarnos sin querer saber nada de nada. “Liarse la manta a la cabeza” era la forma elemental antes de que llegase el producto del Minnesota Orfield Laboratories. Y sigue siendo el recurso inmediato para levantar un muro de ignorancia del prójimo más próximo.
¿De qué está hecho? El espesor lo da, evidentemente, el egoísmo. Mi “yo” se escucha a sí mismo con tal seguridad que no necesitamos ninguna otra voz para orientarnos en la vida. Esa fuerza animal que tan fuertemente nos maneja muestra sus formas de grosería, falta de respeto, ausencia de amor, engreimiento, desprecio… hasta regurgitar ganas de destrucción del que está invadiendo el sagrado recinto de nuestro “yo”.
A los padres y a los educadores les falta con frecuencia en su prontuario de educación familiar el capítulo que habla del otro (¡los otros1) como la realidad afortunadamente tangible y audible con la que se puede practicar el delicioso ejercicio de la comunicación.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.