lunes, 8 de octubre de 2012

Herederos.



Francesco Guicciardini

Hemos paseado por estas líneas, hace ya casi diez meses, a Francesco Guicciardini, el joven “embajador” de Florencia que llegó a España en 1512 (¡quinientos años!) para sondear la inclinación del Reino de España (Fernando el Católico) en aquellos años de guerras y alianzas. Leamos algo de lo que consignó en su Redazione di Spagna sobre los españoles:
No se dedican al comercio considerándolo vergonzoso, porque todos tienen en la cabeza ciertos humos de hidalgos, y se dedican con preferencia a las armas con escasos recursos o a servir a algún grande con mil trabajos y miserias…
La pobreza es grande y en mi juicio no tanto proviene de la calidad del país cuanto de la índole natural de sus habitantes, opuesta al trabajo. Prefieren enviar a otras naciones las primeras materias que su reino produce para comprarlas después bajo otras formas, como se observa en la lana y la seda, que venden a los extraños para comprarles después sus paños y sus telas.
No son aficionados a las letras, y no se encuentra ni entre los nobles ni en las demás clases conocimiento alguno, o muy escasos y son pocas las personas que saben la lengua latina. En la apariencia y en las demostraciones exteriores, muy religiosos, pero no en realidad…
No nos tiene que dar vergüenza lo que Guicciardini vio en nosotros. O pensaba de nosotros. No debemos negarlo sin más. Y menos revolvernos contra uno que dice lo que ve o cree ver. En esa posible actitud se manifestaría ya la tendencia que tenemos a creernos perfectos y a no dejarnos señalar los defectos que hay en nuestro modo colectivo de ser y comportarnos. Lo único inteligente es preguntarse: ¿No hay en el español, es decir, no hay en mí lo que don Francesco comentaba del español tomado en conjunto?   
En tiempos de crisis (¿cuándo hay tiempos sin crisis?) el único camino posible es mirar hacia atrás y comprobar que los lodos de hoy son los polvos de ayer aceptados y asentados en nuestra historia. Y tomar la decisión de que de mí no dependa que el egoísmo y la vagancia produzcan fisuras en mi debida vivencia ¡Y en la convivencia!

miércoles, 3 de octubre de 2012

Desconocido.



Atenas. Lugar del Areópago (Colina de Ares)

El precioso libro de los Hechos de los apóstoles nos presenta a uno de ellos, Pablo, queriendo dirigir la atención de sus más o menos oyentes en el Areópago de Atenas hacia el Dios desconocido cuyo altar acababa de ver. Pero su fuego de enamorado chocaba contra la frialdad del pensamiento de los atenienses y su ciencia inigualable tendía como destino a las mentes pobladas por los chismes y las algaradas del Olimpo.
Aquel dios desconocido era, según parece, el que sin duda estaba, pero no se manifestaba, en el lugar en que se detuvo una oveja de las que, sueltas por Epiménides, indicaban al detenerse junto a uno de los muchos altares de la ciudad,  a qué dios se le debía sacrificar para acabar con la plaga que los asolaba. Así lo cuenta Diógenes Laercio.
Sin plaga ya y sin el nombre de aquel dios, a los sabios de Atenas, les sonaba a chino la argumentación de Pablo. Y el pobre apóstol se sintió tan decepcionado por la sordera de la filosofía, que abandonó aquella ilustre capital del saber.     
¿Qué haría Pablo en esta Colina de Ares nuestra, llena de altares a los dioses bien conocidos del Éxito, el Placer, el Dinero, el Premio, el Enchufe, la Recomendación, la Zancadilla, el Trofeo, el Egoísmo, la Celebridad, la Fama, la Importancia… si la voz del que recomienda el Sacrificio, la Generosidad, el Altruismo, el Trabajo, la Renuncia, el Perdón, el Amor, la Cruz … como camino seguro hacia la Grandeza, queda apagada  por nuestra sordera y se pretende matar al que nos la dirige?   
Si tenemos que construir una ciudad en la que no nos perdamos porque todas las calles nos lleven a la muerte, debemos despertarnos del letargo del Olimpo moderno y grabar en el alma de los que nos quieren el dulce nombre de Jesús, el Dios desconocido.  

viernes, 28 de septiembre de 2012

Ubuntu.



Casualmente he recibido juntos dos correos de los que os doy parte si no lo conocieseis. Uno de ellos presenta el desarrollo de una carrera (en una país asiático, (tal vez la India) de niños con anomalías en sus piernas o en sus pies. En medio de la cerrera uno de ellos cae y deja oír su voz de dolor. Todos los demás se detienen y acuden a ayudar al amigo. Le levantan, se toman por los hombros y llegan todos juntos a la meta.
Copio la presentación del otro: Un antropólogo propuso un juego a los niños de una tribu africana. Puso una canasta llena de frutas cerca de un árbol y les dijo que aquel que llegara primero, ganaría todas las frutas. Cuando dio la señal para que corrieran, todos los niños se tomaron de las manos y corrieron juntos, después se sentaron juntos a disfrutar del premio.
Cuando les preguntó por qué habían corrido así, si uno solo podía ganar, le respondieron: -"UBUNTU" (¿Cómo uno de nosotros podría estar feliz, si todos los demás están tristes?").
¿Sólo los niños, sólo los pobres, sólo los lisiados entienden que vivir juntos, luchar juntos, sufrir juntos, ganar juntos, correr juntos, llegar juntos… es un signo de nobleza? ¿Por qué alimento yo tan cobarde y duramente el espíritu de competición, de hundir al contrario en la derrota, de lucir la corona o la medalla de mi triunfo?     
Y, sin embargo, se tiene le triste impresión de que la organización de la vida actual en las personas, en las familias, en las instituciones, en la política, en las empresas, en el mercado, en las relaciones internacionales está estructurada en la contraposición, no en la colaboración.
Desde niños en casa, niños en la escuela, adolescentes en la calle, jóvenes en el trabajo y en la universidad parece que son muchos los que se entrenan (o los entrenan) para llevar la contraria en la adultez. ¿Es envidia?, ¿incapacidad?, ¿ganas de enredar?, ¿alianza con el violencia?, ¿ceguera para todo lo que no sea malo?, ¿amargura de corazón?

domingo, 23 de septiembre de 2012

Aburrimiento.



Uno de los estados del ánimo más frecuente entre los jóvenes es el del aburrimiento. No es raro que lo expliquen como consecuencia de no saber qué hacer, de no encontrar atractivo o estímulo en lo que hacen, de sentirse perdidos ante el deber que deben abordar, de no saber cómo descubrir el placer de crear, de organizar, de embellecer de verdad su inmenso y sediento mundo interior.  
Los que se pasan horas ante el ordenador (o ante alguno de los muchos instrumentos de comunicación e incomunicación que se usan profusamente hoy) son aburridos profesionales. Porque recurren a ello como trabajo normal, casi obligado. Aunque lo que hacen es volver a atarse a una máquina que va despoblando su corazón. 
Cuando nos llega la noticia de que un joven de 19 años (inglés y de nombre Adam Cudworth) ha logrado hacer unas sorprendentes y hermosas fotografías de la Tierra con una cámara digital montada en un globo de helio, quedamos convencidos de que el fenómeno del aburrimiento no aparece cuando con unas horas de trabajo, pruebas e investigación, con un gasto de pocos cientos de libras y el permiso de la Aviación Civil llega a fotografiar la Tierra desde casi 34 mil metros.
Yo estoy convencido de que el aburrimiento es hijo de la vagancia. Y que la vagancia se enseña y se hereda. Estas líneas, como todas sus hermanas, parten del deseo de sacudir en los padres su deber de iniciar en sus hijos, desde muy pequeños y en la medida oportuna, en alguna actividad “extraescolar” ilusionante. Me describía un muchacho sensible y sensato la figura desesperante de su padre de vuelta a casa del trabajo: “Se sienta delante del televisor y no se levanta más que para comer. No hace nada, ni invita a nada, ni pide compañía y colaboración para nada”.
Puede ser que pensemos que se trata de un padre cansado que necesita llevar la barca de su vida a la orilla de la evasión televisiva para restaurar sus fuerzas. Pero es más justo pensar que es el caso de un hombre aburrido que no tiene en cuenta que es padre y que debe educar en ese bello camino de la creatividad hacia la que naturalmente  se sienten atraídos los niños. Y los jóvenes que no han empezado a estrenarse como aburridos profesionales.  

martes, 18 de septiembre de 2012

Pareidolia.



Entre Hamlet y Polonio - ¿recuerdas? - se cruza este diálogo en el acto III:
- ¿No ves aquella nube? ¿No tiene la joroba de un camello, mi amigo?
- Un camello: es verdad…
- No, deja, deja. ¿No ves más bien como una comadreja?
- Justo: una comadreja…
- Pues te digo que más bien me parece ya un pescado
- ¡Un pescado!
- Una ballena
- ¡Justo!
- ¡Basta! ¡Que me has hartado con tus conformidades!

Aunque el propósito del príncipe perdido era manifestar su desagrado por la mentira y la ilusión en que pueden enredar los aduladores, nos viene bien traerlo aquí. La sensación de percibir algo sensorial en un estímulo aproximado a la imagen de un objeto es un fenómeno psicológico mucho más común de lo que creemos y al que los especialistas llaman pareidolia (es decir, aproximadamente, cercano a una imagen). Por ejemplo ver en el perfil de una nube la cara de una persona, interpretar como el quejido de un niño el ruido de los goznes de una puerta perezosa. Rorschach lo usó en la exploración psicológica y Jeff Hawkins lo  introdujo en su teoría de memoria- predicción.
Y nosotros lo usamos continuamente en nuestro pensar, juzgar y hablar: Me parece, se parece…  Y nos quedamos tan tranquilos. Como si pudiésemos construir una opinión con pareceres, como si la justicia se asentase sobre  pareceres, como si las decisiones pudiesen ser hijas de pareceres. Y peor es aún que sean los pareceres de los demás los que nos mueven en el precioso y delicado oficio de tejer el juicio y la resolución. Una de las causas de mayor desbarajuste en la conducta de los hijos está en nacer en hogares en los que no hay certeza en lo que se juzga y constancia en la línea de la actuación. Porque muchísimo  peor es que no equivoquemos de  parecer y lo cambiamos y la barca personal, matrimonial y familiar se mueve en círculos.