miércoles, 13 de julio de 2011

El aprendiz de brujo.

Del sirio Luciano de Samosata (125- 181) es el relato de El mentiroso en el que narra cómo un hombre probo, Pancrates, hacía que, recitando “un ensalmo de tres palabras”, un mango de mortero envuelto en trapos anduviese y sirviese a la mesa como si se tratase de un solícito criado. Eucrates, su siervo, quiso emularle y, aprendido el conjuro, logró lo mismo. Pero, al no saber detenerlo, intentó partirlo con un hacha, con lo que logró tener dos aguadores e inundar toda la casa. Es el origen del poema (1797) de Johann Wolfgnag von Goethe Der Zauberlehrling. Y el episodio de la película Fantasía (1940) en la que Walt Disney presenta a Mickey Mouse como l’apprenti sorcier, el aprendiz de brujo, de la composición musical que Paul Dukas había confiado al fagot en 1897.
No debe llamar la atención que una fantasía como ésta se vuelque en el arte y en la imaginación con esa asiduidad. Y que el humor, la poesía, la música y el cine la tomen con tanto interés. En el fondo, es la imagen del ensueño del hombre: crear, dominar, entregarse a la molicie, descansar totalmente a ser posible sin haberse cansado antes.
Que esta quimera se pasee por la mente del adulto no tiene importancia. Si es que el adulto que siente ese paseo es sensato y sabe qué mundo pisa. Pero cuando la entelequia se asienta en la mollera de un inmaduro o de un niño o de un adolescente, puede dar lugar a situaciones como la del joven que no da golpe (porque no le han enseñado que la vida se talla con sudor) y que, cuando por fin se decide a trabajar, les pide a sus padres que le busquen trabajo (sin que eso garantice, si así lo hacen, que, al tenerlo por fin, le guste, lo adopte, sonría… y se entregue a él).
Una de las mayores preocupaciones de algunos padres, insensatos, al querer y creer educar es que el niño no sufra, que no carezca de lo que le gusta y, si es posible, de nada; que no sepa qué es el sufrimiento, la privación, “ganarse la vida”, la necesidad, la renuncia, la debilidad, la muerte…
Ya se encarga el mercado de lo placentero de hacer saber que la vida puede vivirse sin dolor y sin esfuerzo. Si logra convencer, se habrá embolsado el caudal más hermoso de la vida de sus generosos bienhechores y habrá contribuido a poblar el mundo un poco más (o mucho más) de vagos y viciosos.

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