jueves, 19 de julio de 2018

Bonobos: la simpatía y el altruismo.


Los Bonobos no vienen aquí para que aprendas sobre ellos, sino para que, si es oportuno, aprendamos de ellos. Pero, de paso, recordemos que son chimpancés y que su nombre científico, que te sonará mucho, es Pan Paniscus o Chimpancé pigmeo y Chimpancé enano o grácil. Porque existe otro género Pan que es el Pan troglodytes, nombre mucho más elemental, que es el chimpancé común.
Los que los han estudiado, por ejemplo Frans De Wall o Jingzhi Tan, dicen cosas como estas: son altruistas, ayudan a desconocidos aunque no se les pida, aunque no se les agradezca o pague de algún modo, y parecen felices de poder hacerlo. Desde luego que, cuando comparten la comida, la comparten de verdad. Es más, se ha hecho una prueba: se ha hecho pasar uno por uno a dieciséis por un recinto aislado de otro contiguo. Podían alcanzar media manzana que pendía sobre ellos; y después de alcanzarla la tiraban al recinto contiguo si en ella había otro bonobo.
En pruebas de simpatía o empatía por medio de videos con bonobos de la familia o desconocidos que bostezaban, los bonobos espectadores lo hacían también. Y los estudiosos lo atribuían a un “contagio emotivo” o a un deseo de identificarse con otros de los que sabían que pertenecían a su misma condición.
El comportamiento humano es fruto de muchos factores que nos hacen mucho más complejos que los bonobos. Si su comportamiento, como hemos podido observar, es instintivo, deberíamos reflexionar lo que hay o no hay de “instintivo” es decir, de  natural de los “tesoros” que podemos pulir con nuestra persona y advertir si el noble instinto de altruismo ha quedado empañado en ellos y a qué factor se puede atribuir.
Tal vez estamos a tiempo de intervenir prudentemente y, sin eliminar las riendas que la prudencia deben orientar sus actitudes y actos, sugerir que la ”simpatía”, en su sentido más genuino, no es sino la aportación mutua y natural que nos ayuda a ser mejores.

sábado, 14 de julio de 2018

El CF Chievo: un ejemplo de superación.


Los aficionados al fútbol, se juegue donde se juegue, conocen al equipo italiano Chievo, Al menos de nombre. El Chievo viene a esta página, no como un dato deportivo, sino como un ejemplo de estímulo, entusiasmo, entrega, fe, constancia (que es mucho más que entusiasmo) y amor.   
Nació en 1929 como parte de la Opera Nazionale Dopolavoro fascista en un apartado barrio de Verona. Tenemos ante nosotros la nobleza de la ciudad de Verona en la que Shakespeare llevó el amor de Romeo y Julieta, aunque nacidos en Siena.
En 1936 sus problemas económicos parecían acabar con su existencia. 
Acabada la Segunda Guerra Mundial renace y entra en Segunda División. Y poco a poco se afianza, impulsada por el entusiasmo de su gente de modo que en 1959 logra la categoría superior italiana.
Empresarios y entusiastas la aúpan y en 2001 recobra su honroso puesto en la serie A, es decir, la Primera División. Tener en cuenta que representa a un barrio de Verona que no tiene muchos más de 2.500 habitantes es pensar que su historia es fruto de generosidad, constancia, entusiasmo, personas que creen, que se entregan… Sigue en Primera, aunque su permanencia es cada temporada un milagro de fe en su fútbol.
Las metas que proponemos en nuestro arduo trabajo de educadores no pueden ser puntos de llegada, sino triunfos sobre la tendencia innata a no esforzarse, a contentarse con lo que parece que basta. “¡Ya está bien!” no puede ser ni nuestro raquítico ideal ni el deseo final de quienes tienen capacidad, necesidad y fuerzas para llegar todo lo arriba que se pueda.
Hubo una agrupación alpinista que se exigió vivir un lema –y un camino de acuerdo con el lema– encerrado en la palabra latina SPEM que expresa con valentía el programa de su existencia: SEMPER PLUS ET MELIUS (para los que olvidaron el Latín: SIEMPRE MÁS Y MEJOR) que no puede quedar en una bocanada de optimismo, sino que debe convertirse en un programa de vida.

lunes, 9 de julio de 2018

Quejicas? Educar en la Verdad.


Es frecuente que curioseemos o indaguemos o estudiemos o lloremos sobre las  estadísticas que nos hablan de la marcha del mundo. Y es más frecuente – y todos lo sabemos - que recurrir a la estadística es el instrumento más eficaz para despertar sensibilidades y hasta obtener un apoyo mejor a alguna causa que coreamos.
Me permito recurrir, como ejemplo, a algunos datos que han estado o pueden estar al alcance de tu mano.
Según los datos del Pacto de Toledo el año pasado, de 2007 a 2017 las pensiones habían aumentado un 16,53% (el IPC tuvo un crecimiento del 16,50%).
En el ámbito universal, de 1960 a 2016, la población mundial había aumentado un 145% y el PIB per cápita  un 183%. La tasa de pobreza extrema había sido en 1980 en un 44,3% mientras que en 2015 había bajado al 9,6%.
La tasa de mortalidad entre los recién nacidos era en 1990 de 64,8 por cada 1.000. En 2016 había descendido a 30,5. En los menores de cinco años la mortalidad pasó en 26 años de 93,4 fallecidos por 1.000 a 40,8.
En 1970, el 74% de los alumnos finalizaban la escuela primaria, mientras que en 2015 la cifra alcanzó el 90%...
La emisión de los seis gases contaminantes más comunes en los países occidentales un 67% desde 1980...
Nuestro papel es formar a jóvenes sinceros en una sociedad que intenta, día a día, mejorar. Pero ese papel nuestro tan delicado debe estar empapado, todo y siempre, por la veracidad; y nuestras conciencias y las de nuestros formandos por la Verdad.
Vivimos en un mundo inundado de noticias. Y no es bueno dejarse ahogar, o deformar o arrastrar. Por lo que nuestro deber de orientar hacia la exactitud de lo que se pregona debe oponerse a la tentación que tantas veces se sufre de querer llamar la atención, acusar, convertirnos en adalides de la verdad o, simplemente, de llevar el agua a nuestro molino como con triste frecuencia acaece.

miércoles, 4 de julio de 2018

La biblioteca de Asurbanipal.


Usurbanipal, suponen los historiadores, no iba para rey, aunque lo fue. Porque su formación juvenil le llevó poderosamente hacia el saber. Y dedicó todo su entusiasmo en enriquecer la biblioteca que su predecesor Sargón II (rey desde 722 hasta 705) había comenzado en Nínive. Ni Sargón ni Usurbanipal o, como le llama Esdras, Asnapar, o se le conoce en otros escritos de la historia como Sardanápalo, fueron meros coleccionistas de “libros” o, propiamente, tablillas de arcilla cocida. Dejó escrito Sardanápalo para nuestro aleccionamiento: “…estudié el saber secreto de todo arte del escriba... “.
Otro joven, Austen Henry Layard, inglés, viajero, estudioso, inquieto, con ganas de ser arqueólogo, descubrió en 1847, como sin duda sabes, debajo de un montículo cercano a la ciudad perdida de Nínive y las ruinas del palacio de Senaquerib, ¡la biblioteca de Asurbanipal! Buena parte de ellas se conservan en el Museo Británico.
Eran casi 22.000 tablillas, contra las que el babilonio Nabopolasar, en el 626 y sin ninguna consideración hacia la ciencia, el arte y la Historia, volcó toda la fuerza de la destrucción.
¡El pasado!  Basta decir a alguna persona algo del pasado para que tuerza la cabeza como queriendo decir “¡No me vengas con historias!”.
Y, sin embargo, somos todos y en todo producto del pasado. Y debemos cultivar la memoria del pasado y educar en esa actitud para no resbalar en un presente sin futuro. Querer ignorar hechos, personas, conflictos, choques, desastres, cataclismos humanos (los de la Naturaleza debemos respetarlos aunque nos amarguen) es creernos autores de la Historia. Y es verdad que cada ser humano construye su propia historia, pero cuando tratamos de referirla nos encontramos muchas veces con un vacío profundo de esfuerzo, servicio, sentido altruista de la vida, como si a nadie debiésemos nada o como si nuestra vida se cerrase con nuestro raquítico recorrido.
Se me vienen estas sencillas pero exigentes reflexiones como motor de nuestro empeño en hacer sentir a los que acompañamos en su admirable ascenso para que adquieran conciencia de que nada de lo que ellos viven quede sin eco después de su memoria.

viernes, 29 de junio de 2018

Busco un Hombre, decía Diógenes.


Sin duda has disfrutado viendo un inteligente chiste gráfico en el que un más que espigado ciudadano, con un bastón en la mano como el clásico y exigente Diógenes el cínico, nos decía: “Busco una muchedumbre humana”.
Si en la sabia Atenas del siglo V nacían personas como Diógenes, discípulo del exigente Antístenes, resultaba difícil encontrar un hombre (“¡Busco un hombre!” decía con una lámpara encendida en pleno día), no nos debe extrañar que haya quien en el XXI necesite buscar y buscar para encontrar una muchedumbre de hombres, una muchedumbre humana.
Muchedumbres de forofos sí hay. Y de osos. Y de lobos. Y de cerdos… Basta con darse una vuelta por los andurriales de las distintas ocupaciones, aficiones, asociaciones…, donde el número de los que la forman es inmenso,  para encontrarla. Pero si la multitud que buscan los “Diógenes” de hoy es humana,  es decir, está ennoblecida por hombres, mejor que llorar como el  Diógenes de entonces, debemos dar la vida y colaborar con algunos de los posibles hombres de mañana para que su futuro no embrutezca ese mañana.
Es verdad que cada hombre se hace a sí mismo. Pero es verdad también que la necesidad de un acompañamiento en el camino de la maduración nos pide a nosotros, los responsables (al menos en parte) de esos frutos maduros  una generosidad incondicional. 
Tal vez, debamos también advertir que en ese camino que nos ocupa (¡que nos inquieta!) hay Igualmente escollos humanos que no debemos ni ignorar ni temer. Cada hombre se consolida a sí mismo siempre que no haya a su lado el riesgo de una mina, de una corriente turbia, de un aire viciado que lo malogre. 

domingo, 24 de junio de 2018

Lo "cómodo" no puede educar...


Quedó varado en la costa meridional de Tailandia, hace unas semanas, un calderón, es decir, una ballena piloto o delfín. No hacía lo que los científicos de habla inglesa les atribuyen como spyhopping, elevarse sobre la superficie para espiar. Lo hacía para morir en la playa.  El biólogo marino Thon Thamrongnawasawat, de la Universidad Kasetsart de Tailandia, no tuvo dudas: “Con 80 bolsas de plástico en el estómago no puede vivir”. ¡Ocho kilos de porquería insoluble en vez de alimento asimilable!
Por mucho que me apene el plástico, mi reflexión no va contra él, sino contra el hombre que se envuelve, con el plástico y con muchas actitudes vitales, en el criterio de adoptar la comodidad como norma para vivir mejor.
Nuestra responsabilidad como educadores de una materia moldeable no puede ser la de admitir que lo importante es no esforzarse. Y, sin embargo, el mercado de productos y métodos de hoy suele crecer cuando se ofrece la posibilidad de no sufrir, no esforzarse, no exigirse.      
Da pena oír la respuesta de un muchacho que empieza un nuevo periodo de su formación como futuro profesional y, sobre todo, como actual persona: “¡Es muy difícil!” “¡No se acaba nunca!”, “¡No me gusta!”, “¡No hay quien lo trague!”
El plástico fue (o nos pareció que era) un invento admirable. La solución a un montón de problemas. Pero tal vez no advertimos el mal que lleva en su entraña.
Y la reflexión que sigue, por si pudiese afianzar convicciones, es que no podemos educar acudiendo al criterio de lo cómodo como criterio que lo preside todo.
Los hombres más grandes de la historia se hicieron grandes siempre en medio de la dificultad o, al menos, del esfuerzo. Porque son la dificultad y el esfuerzo los alimentos espirituales que hacen al hombre compresivo, acogedor, emprendedor, pertinaz en el bien, en la generosidad, en la renuncia…       
Hubo quien, teniéndolo todo a su alcance, quisieron hacer el camino en la penuria de medios y de ayudas. Sabían que lo importante al final del camino no es tener, haberlo hecho, sino ser, haber sido capaz de luchar y vencer, haberse preparado para darse y dar. 

martes, 19 de junio de 2018

Sin una quela también se vive!


Juike es una muchacha juiciosa. Estaba contemplando la sopa en camino (cangrejos en el agua que empezaba a calentarse), cuando observó y grabó la escena. Uno de los rojos artrópodos se dijo para sí y actuó en consecuencia: “¡Se acabó!”. Se arrancó una quela (que estaba enganchada en las patas de otros compañeros de suplicio) con la otra, y salió del agua y de la muerte. Ahora tiene solo una pinza, pero ¡vive! en el acuario de Juike que le ayudó en su decisión.
Y debemos tener en cuenta la lección. Sucede con frecuencia que ignoramos el lastre que pesa sobre las débiles conciencias que tanto amamos: alumnos, hijos, discípulos, miembros de un club, de una asociación. No llegamos a apreciar el peso que la conducta de los adolescentes pone en la orientación de otros adolescentes. Hay muchachos brillantes por su simpatía, su afecto (real o fingido), su cercanía, su disponibilidad en la ayuda, su amistad… que, queriendo o sin querer, enganchan en su vida la de otros. Y muchas veces esos “otros” no son capaces de distinguir el oro del brillo y se dejan moldear aceptando como ideal el ejemplo del amigo deslumbrante.
Lo peor es que el moldeo afecta al criterio. Y el criterio se convierte a su vez en molde de la vida. A veces nos preguntamos: “¿Pero de dónde ha sacado este muchacho, este hijo mío… esos modos de pensar, de argumentar, de proceder…? Has estado distraído mientras tu hijo empezaba a madurar. Aceptó (sin que tú te interesases por ello, porque estabas en “babia”) un injerto tal vez extraño, tal vez contrario al tuyo (¡siempre recto!), tal vez pernicioso…
¿Cuál es el camino? Que tengáis un camino común. No se trata de que lo atosigues: necesita cultivar su libertad de mirada, de apreciación, de opción. Pero tu conducta hacia él, tu madurez serena y respetuosa, la decisión y claridad de exigencia de tu personalidad, deben encenderse de tal modo que comprenda que son la luz orientadora que debe orientarle en el posible túnel en el que siente que se encuentra. 

jueves, 14 de junio de 2018

Boxford: un tesoro arqueológico.


Llama la atención que personas sin medios económicos notables cultiven la belleza y den relieve a algo que parece inútil. Fue el caso del propietario romano de una villa no muy grande, el Oeste de Londres, en Boxford, hace cosa de veinte siglos. En las recientes excavaciones con las que se buscaba disponer de tierras, se encontraron un tesoro. Tesoro al menos arqueológico. Una pulsera infantil, monedas, cerámica, una baldosa con la huella de un animal, un local destinado posiblemente a troje, una pequeña piscina y un precioso mosaico de seis metros de largo con figuras de la mitología griega.
Neil Holbrook, experto arqueólogo y conocedor de las costumbres romanas, subraya la grandeza de ánimo del propietario de la villa, empeñado en dotar a su propiedad con tanta belleza.
Y Anthony Beeson, por su parte, conocedor de los gustos, costumbres y cultura  romanas, supone que la figura central del extraordinario mosaico es la de Belerofonte montado en Pegaso, el caballo alado, matando por el aire a la Quimera, el monstruo amenazador, como sabes. Otras figuras, también presentes, parecen ser Hércules, en lucha como era su costumbre, Cupido, adornado con flores como era su costumbre, Telamón, padre de Teucro, del que, sin duda, sabes ya todo.
Nuestra reflexión ante estos hechos de crónica, pudiera abrirse a la historia que se abre después de nosotros que somos educadores, formadores, forjadores de personalidades. Y, si no los somos, debiéramos serlo.
No servimos para que se nos agradezca el servicio. No razonamos para que se recuerde la grandeza de nuestra mente. No exigimos para dejar clavadas espinas, o la memoria de nuestros juicios. La memoria que deseamos que se produzca no es la de nuestro nombre o nuestros aciertos, sino la huella grabada en su personalidad de honradez, generosidad, entusiasmo, optimismo, aprecio por la vida, necesidad de regalarse, felicidad por sentirse capaces de hacer en sí mismos y en su derredor un mundo más bello. 

sábado, 9 de junio de 2018

Don Pietro Zago (SDB).


«Cumplo 83 años el 6 de enero próximo pero, mira por dónde, todos esos años no los siento en absoluto. Además me siento extraño en una patria que había dejado 61 años antes, patria que ahora me cuesta reconocer. He pedido a mis superiores de Roma, y me lo han concedido, poder volver a las Islas Filipinas, donde había dejado más de 22 años de trabajo misionero. Aquí en Italia me muero de nostalgia y de pereza».
Y en esa espera, la tarde del pasado 28 de diciembre murió en Perosa Argentina (Italia) donde había nacido, el misionero salesiano Pietro Zago.
Desde 1969 había desplegado su simpatía, su afecto, su entrega como entusiasta misionero en la India, Filipinas, Papúa Nueva Guinea y, desde 2001, en Pakistán, en  Quetta (aquel Beluchistán que estudiamos de niños en nuestras geografías, próximo a las fronteras con Afganistán).
Su precioso servicio era apreciado en países donde el cristianismo y sus formas de convivir parecen al menos extrañas. Se volcó en acoger, ayudar, proveer a cristianos y no cristianos. Especialmente a las víctimas del terremoto de 2005 y de las inundaciones de 2010. En Filipinas había construido escuelas y albergues y ese recuerdo le llevaba a revivirlo con su vuelta a aquellas islas.
Viene a estas páginas el querido y gran salesiano Don Pedro, no solo porque el que escribe estuvo ligado a él por la estima y otros lazos sino, sobre todo, porque su vida estuvo entregada plenamente al sueño interminable de Don Bosco, que nos da las Buenas Noches, sobre las Misiones.

lunes, 4 de junio de 2018

Bieneducado: el arte del buen gusto.


Bien educado es el que crece madurando como persona. “...crece madurando”. Porque cada paso de la vida nos hace madurar cuando, al caminar, no pisamos a ninguno de los que van junto a nosotros porque los vemos, y los respetamos y hasta los amamos.
Ser persona es ser para los demás. Y ser para los demás hasta dar la vida por ellos es la cima de la buena educación, porque es la cima del amor. Así hablaba Jesús, el ‘hombre perfecto’, el ‘Bieneducado’ en quien el Padre se complace. San Francisco de Sales, tan humano y tan divino, lo repetía con una metáfora: “La educación es la flor de la caridad”.
Lo podemos decir de otro modo. “El que no ama no puede ser ‘bieneducado’”. O viceversa: “El ‘maleducado’ lo es porque no ama”. Y en positivo. “El que ama de verdad ha llegado a la cima de su educación, de su madurez como hombre”. Y como cristiano.
¡Qué raro suena este consejo: “Sed esclavos unos de otros, pero por amor”! Ser esclavo es duro. Y, sin embargo, qué fácil es ser esclavo de sí mismo. Todos somos un poco (o un mucho) esclavos de nosotros mismos. Y eso que nos gusta, por encima de todo gusto, ser libres. Sólo el educado, el ‘bieneducado’, es libre. Liberarse es educarse. Y al revés.
Se lee que Federico el Grande encontró a un viejo en un paseo. Como no le saludaba, le preguntó: - ¿Quién es usted? – Un rey, respondió el anciano. - ¿De qué reino?, volvió a preguntar Federico. - De mí mismo.
A lo mejor era verdad. O a lo peor se creía rey mientras vivía en la esclavitud de su egocentrismo.
El barniz de la “buena educación”, de la llamada “urbanidad”, de las buenas formas que ocultan un corazón encadenado por el egoísmo o seco por la indiferencia, no es la educación que debemos buscar.
Un  fino observador italiano, Trevisano, buen conocedor de España y de su lengua, según demuestra, escribía en 1736: “Al sentimiento bien acordado que gusta siempre de acordarse con cuanto dicta la razón le llamaron algunos armonía de ingenio; otros dijeron que era el juicio, pero regulado por el arte; otros, que cierta exquisitez de ingenio. Pero los españoles, más perspicaces en el uso de las metáforas que ningún otro pueblo, lo expresaron con este laconismo profundo: buen gusto”.
¿Será verdad? ¿Y habrá en nosotros algo más que perspicacia para las metáforas? Sentimiento y razón, armonía e ingenio, juicio y arte, exquisitez e ingenio, buen gusto.
Educación es, pues, buen gusto. Pero no sólo el gusto de la superficie, de lo accidental y caduco, de la epidermis. Sino, muy además y, si hace falta, sólo el que nace de lo hondo. “Por sus frutos los conoceréis”. El que produce buen fruto, buen gusto auténtico, es que lo lleva dentro.
“El que tiene buen gusto - decía Isabel de Castilla - lleva carta de recomendación”. Y no se recomienda, al menos a la larga, el que despide de sí el hedor que hay más allá de la capa de gusto aparente. De Catón escribía Salustio que “prefería ser bueno a parecerlo”. Porque el hombre-hombre no busca parecer, sino ser.