jueves, 20 de diciembre de 2012

Intuír.



Para pasar por tren de Frutigen a Raroña, en Suiza, se abrió en los Alpes, en 2007, un túnel de unos 35 kilómetros de longitud: Es el túnel de Lötschberg. Al horadar la montaña se tuvo la desagradable sorpresa de dar con una suave corriente de agua a 18 grados y un caudal de 70 litros por segundo. Un agua tan caliente para un lugar donde la temperatura ronda los 4 grados, no se podía derivar hacia el cercano río truchero. Pero el ingeniero jefe del túnel, Peter Hufschmied, casado con una rusa, tuvo una idea, según cuentan las crónicas de los hechos: criar esturiones siberianos.
Los esturiones siberianos, de hasta un metro y 200 kilos, fueron desapareciendo por las intensas campañas de pesca de los últimos años. Y por ello se introdujeron en Europa, en los años 70 del siglo pasado, piscifactorías de este apreciado productor del caviar.
Tuvo vista Hufschmied y los 35.000 esturiones que se mueven en los 2.700 metros cúbicos de agua templadita de las piscinas de la empresa Tropenhaus Frutigen y de los que se obtuvieron este año 800 kilos a 3.000 euros el kilo. 
Suena raro: desde los Alpes suizos se envía caviar a Estados Unidos, Alemania y Asia. Y dentro de poco serán 60.000 esturiones que producirán tres toneladas de caviar que enviarán a un mercado más amplio.
Es tan límpida la lección de las aguas de Lötschberg y tan estimulante la intuición de Hufschmied que ha parecido oportuno traerlas aquí.
¡Cuántas veces nos quedamos pasmados ante hechos que parecen obstaculizar nuestros pasos y que, sin embargo, habrían podido transformarse en una llegada victoriosa a una noble meta! Solemos sucumbir al frecuente recurso de la cantilena de la ”mala suerte”. Con tal de no confesar que somos perezosos o pusilánimes o romos en percibir una luz inesperada en medio de lo que nos parece que es todo oscuridad.
Y, no obstante, el triunfo de personas que empezaron con nada en el bolsillo y todo en su cabeza y en su corazón, debería hacernos abandonar el pelotón de los resignados, de los quejicas y de los derrotistas para convertirnos en hombres decididos a construir  de tantas formas un mundo mejor y una sociedad más briosa. Sobre todo en nuestro papel de padres y educadores deberíamos despertar en nuestros hijos y discípulos el arrojo de los innovadores, de los emprendedores, de los audaces.

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