sábado, 29 de diciembre de 2012

Caño Cristales.



es un río de Colombia en la sierra de la Macarena del departamento del Meta. ¿Lo conoces? Lo han llamado “río de los cinco colores”, “el río más bonito del mundo”, "el arco iris que se derritió", "el río que se escapó del paraíso"... No es muy largo: sólo cien kilómetros; ni muy ancho: lo más, veinte metros. Pero es un río singular, merecedor de esos bellos apelativos, porque de Junio a Noviembre es como la paleta del mejor pintor: rojo (el color más abundante y tenaz en pegarse al lecho, debido al alga Macarenia clavigera), amarillo, verde, azul y negro…
Va cayendo por rápidos, pozos y cascadas desde la meseta sur de la sierra de la Macarena. El agua es limpia como el suelo de roca en el que se deja caer y permite ver el fondo y sus maravillosos colores hasta la vereda de La Cachivera, donde se hace vulgar porque las algas cesan.
Lo vulgar es lo corriente en la vida. Es el resultado de la falta de estímulo, del rechazo del arrojo, de la ausencia del esfuerzo, del mimetismo con “lo que se lleva”, del acomodarse al “ir tirando” de los perezosos y egoístas, de la pobreza en darse, del creer ser diferente y no pasar de ser borrego del rebaño. Ser gris es el resultado de una opción: la de no cansarse, no sudar, esperar que me lo den, que me lo arreglen, que me sostengan.
Como el hombre nace con la capacidad de “comerse el mundo”, la culpa de quedarse en oveja desmayada la tienen casi siempre los padres: “¡No te expongas!”, “No te metas en eso”, “Escoge un camino más fácil”, “No seas tonto, ahí se trabaja poco y se gana mucho”, “Tú aprovéchate de todo lo que puedas”… Y el hijo languidece en los estudios, trampea en el trabajo, suspira por el fin de semana, se aburre de la vida o la llena de dulces sabores infantiles e inmaduros que no le dan alas para elevarse sobre sí mismo. Y el rebaño crece en balidos y en vulgaridad. Si la metamorfosis no lo encamina hacia la especie porcuna.

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