jueves, 10 de mayo de 2012

Dondurma.


Tú que eres experto en sabores y refrigerios, conoces a fondo la delicia del dondurma, ese helado turco que tanto te gusta. Y sabes distinguirlo del helado clásico al que has renunciado porque donde te sirvan esa deliciosa, densa, casi dura mezcla de sabores a tu gusto, con leche, azúcar y salep, saben que volverás a buscarlo. Pero también sabes que el ingrediente específico de ese buen helado se saca de la púrpura temprana que escasea en Kahramanmaraş Maraş por el abuso de su consumo, como helado o como bebida caliente en invierno, hasta prohibirse la exportación de esa orquídea silvestre Ophrys holosericea, como la llaman los más entendidos.
No es un hecho único. Ni sólo se da en la Naturaleza, tantas veces agraviada por nuestra insensibilidad, indolencia y egoísmo. ¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez en tu estilo en el uso del agua? Seguramente la ducha se ha hecho más frecuente que el baño. Y a ello ha concurrido en algunos casos (a lo peor muy pocos) el criterio del ahorro. Pero para demostrarte que no eres tan honrado como dices en ello, fíjate en el grifo de tu lavabo cuando atiendes a la limpieza de tus dientes.
Pero aunque nos interese mucho el respeto a los bienes naturales, mucho más nos debe doler la pérdida de las riquezas humanas de nuestros tesoros familiares. Nos reímos de las cosas de los viejos, sin sentido crítico ni de nuestra risa ni de esas cosas de las que nos reímos y a cuya hondura ni no somos asomado. Las tachamos sin más de ridículas (y puede ser que las haya), de trasnochadas (y puede que algunas lo estén), pero la gravedad está en que no somos capaces de gustar el contenido afectivo de esos valores. Porque no nos importan. Porque “han pasado de moda”.  

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