miércoles, 11 de enero de 2012

Fresas y Naves.

Quien sube a las colinas romanas (“castelli” las llaman allí) y se acerca a Nemi, una de ellas, llega a un lugar misterioso, sagrado. Porque estuvo consagrado a la diosa Diana (el nombre de Nemi – nemus = bosque -  recuerda su vecina morada) y el lago al que se asoma, coqueta, la pequeña ciudad, mirándose en él, como lo sigue haciendo por la noche la diosa: ¡es el Espejo de Diana! 
Habrá quien se interese por visitar Nemi y sus fruterías y por contemplar la cantidad, variedad y belleza de las fresas que allí se cultivan y preparan en deliciosas cestitas. Pero tal vez le interese a alguno lo que susurra el aire hablando de naves y de olvido. 
Cayo Julio Germánico nació muy cerca de aquí, en Anzio. Y por eso, o por la belleza del lugar, se le ocurrió, cuando llegó a emperador (Cayo Julio César Germánico, alias Calígula, ya sabéis por qué) “fletar” en aquellas aguas dos fantásticas naves para su recreo y el de sus amigos. La vida de Calígula duró poco: cuando tenía 29 años Casio Querea secundó la sugerencia de algunos senadores y le asesinó. Su tío, Claudio, fue un buen gobernante y tal vez por eso no quiso saber nada de aquellas naves que se fueron al fondo.   
Ya desde 1446 hubo tanteos por descubrir lo que la leyenda o la tradición de pescadores y nadadores decían de los pecios. Y mucho se llevaron. Pero hasta 1928 no se intentó en serio sacarlos a flote. A flote, no. Porque la solución fue bajar el nivel de las aguas por medio de bombas y entregarlas al túnel emisor que existía ya antes de los romanos. El 28 de octubre de 1928 aparecieron los restos de la primera  y dos años y medio después los de la segunda. Se restauraron, recubrieron con una capa protectora y trasladaron a un enorme pabellón, donde acabaron convertidas en carbón por un incendio que se produjo en la retirada de los alemanes el 31 de mayo de 1944.
Medían respectivamente 64 por 20 y 71 por 24 metros de eslora y manga, como dicen los entendidos, es decir, de largo y de ancho. Eran de madera de pino, estaban recubiertas con lana impregnada de betún y láminas de plomo. Y habían albergado villas, templos, termas, villas… de las que se conservan, afortunadamente, columnas, mosaicos, mármoles, instrumentos mecánicos de desplazamiento de plataformas, anclas, objetos de bronces, estatuas…
Moraleja que vale para el hombre: ¿Para qué vale una nave que no se destina a luchar contra las olas? ¿Para qué se construye una nave que carece de horizontes? ¿Para qué se despliegan velas que no van a sentir el apremio del viento? ¿Para qué sirven anclas si la estrechez de su piélago es tan triste como la de la mente de su creador? ¿Qué aportan naves que duermen siglos y siglos en la oscura y húmeda ociosidad de un fondo cenagoso? ¿De qué singladuras dan cuenta maderas que se quedan en tizón después de no haber servido?

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