martes, 31 de mayo de 2011

Confiar da confianza.


Tenéis sin duda presente cuántas veces nuestros hijos o nuestros educandos manifiestan su miedo a no ser entendidos, atendidos, estimados. Se preguntan: “¿Les parece bien a mis padres lo que hago? ¿Por qué todo lo que hago o digo les parece mal? ¿Por qué me corrigen siempre o me riñen? ¿Me quieren?” Un niño o adolescente o joven sumido en ese pozo de incertidumbres no puede verse como una persona normal. No es capaz de decirse: “¡Se acabó! En adelante voy a hacer lo que me dé la gana sin que me importen lo que digan mis padres”. Y entonces  se va modelando como un muñeco sin alma, sin nervio, sin resolución. O sí que es capaz. Y entonces empieza un camino, primero, secreto, y poco a poco, insultante y empapado de tristeza, distancia, decepción, rebeldía y… ¡cuántas veces!, delincuencia. 
En último término todo se juega en la relación “comercial” entre actuación y aplausos o entre actuación y pitadas de la vida. Es verdad que no se puede elogiar lo condenable. Y que muchas de las aberraciones en la conducta de los hijos nace de que se les ríe, se les jalea, se les aprueba todo. Pero no podemos olvidar que el papel de jueces supremos que los hijos atribuyen a sus padres no puede ejercerse como el que, ante el delito, impone una condena; sino como el del maestro que en el taller de pintura elogia un acierto, echa una mano, añade una pincelada, se manifiesta contento con el resultado, aunque diga: “¿No crees que habría que aliviar esta sombra?”.     
Carl Ransom Rogers nació en 1902 en Estados Unidos. Después de un largo recorrido por diversos estudios y por la vida y, tanteando seriamente en el mundo al que por fin se entregó, la psicología, estableció el punto de arranque del movimiento de la Psicología Humanista: Es la empatía la actitud que hace posible la comunicación entre una persona con problemas y su terapeuta y, como es deducible, entre los seres humanos.
Los niños (y toda persona en las etapas de maduración psicológica) sienten la necesidad de que se estime positivamente su actitud ante las experiencias que va teniendo. Pero igualmente necesitan que lo que hacen satisfaga a los demás, sobre todo a los que son para ellos guías y modelos o deben serlo.
Los padres-padres buscan momentos oportunos para comentar con el hijo el avance en su formación, en su cultura, en sus relaciones, en su capacidad de juicio y criterio, en sus conocimientos, en sus gustos y en la orientación de su  vida. Puede ser que el padre no sea el mejor maestro, pero si es padre-padre es el maestro que prefiere el hijo, porque es el maestro al que quiere. Don Bosco sabía y decía que la educación es cosa del corazón. Por eso fue el educador al que querían sus muchachos y al que acabaron llamando padre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.