viernes, 6 de abril de 2018

Los cerezos: regalo de la naturaleza.


En la provincia de Guizhou, en el suroeste de China, el estallido anual de los cerezos colorea las ciudades de rosa y blanco. ¡Empieza la Primavera! Ahí arriba la tenemos en una pequeña muestra fotográfica. Esta gozosa llegada no se da, naturalmente, solo en Guizhou. El Valle del Jerte, El Hornillo, Albalate, Corullón, Los Molinos… son otros tantos lugares donde amanece el Sol en forma de flores blancas o rosas que parecen  posarse en los árboles.
Y más allá el Sakura japonés, los cerezos en Flor de Washington, el Festival de Gunhang en la ciudad de Jinhae, el Handargerfjord en Noruega frente a las cumbres heladas, y en Canadá con los cerezos de Vancouver que nos sugieren una cálida  reflexión.
En Vancouver, desde los últimos días de marzo y las primeras semanas de abril, se celebra el Festival del Cerezo, en el que está presente el Japón. Algunos canadienses se enfundan en kimonos y hanamis. Hace ochenta años las ciudades japonesas de Kobe y Yokohama regalaron 500 cerezos a Canadá en recuerdo y agradecimiento a los canadienses-japoneses que murieron en la Primera Guerra Mundial. Y en 1958 el cónsul japonés regaló otros 300 ejemplares con lo que la ciudad se ha convertido en un árbol familiar de los habitantes de Vancouver.
La flor del cerezo nos enseña a ser, entre los que nos tratan, y a enseñar a los que aprenden de nosotros el aprecio hacia los preciosos regalos de la naturaleza, prontitud en servir y alegrar, belleza en subrayar la nobleza de lo humilde, color y alegría para el monótono sucederse de los días y antídoto contra la enfermedad de la apatía, la indiferencia, el cansancio de vivir, el vacío de la esperanza hacia el futuro. 

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