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viernes, 9 de marzo de 2018

Camino de Don Bosco.


Es frecuente encontrar, dicen los que recorren el Camino de Santiago, a italianos que lo hacen con mucho agrado. Es seguro que alguno de ellos, que conoce igualmente el camino hacia I Becchi, lugar del nacimiento de Don Bosco, haya imaginado ofrecer la idea y realizar la experiencia de hacer, en el Norte de Italia, “El Camino de Don Bosco”. Es más corto, 140 kilómetros de recorrido, y más acoplado a lugares donde encontrar huellas de quien hizo primero ese camino, el mismo Don Bosco.
Se ofrecen tres rutas que arrancan de Turín desde la Basílica de María Auxiliadora, Casa madre de los salesianos, y llevan hasta la Basílica de Don Bosco en I Becchi, cerca de Castelnuovo Don Bosco.
Estos son los itinerarios: Camino alto (Turín, Superga, Cinzano, Colle Don Bosco); Camino medio (Baldissero, Pavarolo, Montaldo, Marentino, Arignano y Colle Don Bosco); y Camino bajo (Turín, Pecetto, Pino, Chieri, Riva, Buttigliera de Asti y Colle Don Bosco). En todos ellos se revive el espíritu de Don Bosco a quien le encantaba caminar, solo, con amigos en su juventud o con sus jóvenes de Valdocco.
Están dotados de indicación de etapas y con lugares donde pasar la noche, comer y dormir.
Existe una publicación, “Cammino di Don Bosco. Guida escursionistica” -“Camino de Don Bosco. Guía de excursionismo” de Ediciones Blu.
Por otra parte, el Centro de Producción Multimedia de la Ciudad Metropolitana de Turín ofrece en las redes sociales 40 videos-guía con las calles de Chieri y las colinas de Turín que ofrecen “El Camino de Don Bosco”.
Aunque no recurramos a este ejercicio para acercarnos al humilde lugar mágico del nacimiento de Don Bosco, nuestro afecto hacia él nos hace caminar por la vida con el espíritu animoso del que sabe que en este Padre tiene un ejemplo estimulante de generosidad, entrega a los demás, alegría y fidelidad a los altos valores del Espíritu que él veneró.

martes, 1 de noviembre de 2011

Diogneto.


Entre tantos escritos como nos invaden, tal vez nos haga bien leer una “carta”, o más bien una reflexión o parte de ella, que tiene ya más de dieciocho siglos de vida y una historia más bien rara. No se sabe quién la escribió ni a quién iba dirigida.
La decubrió un joven, Tomás de Arezzo, en 1436 en una pescadería de Constantinopla entre los papeles de envolver pescado con otras obras transcritas al griego en el siglo XIII que formaban el que se llamó Códice Griego 9. Parece que nadie había conocido “nuestro” escrito hasta entonces. Pasó a manos de un especialista en hebreo, Johannes Reuchlin, y a mediados del siglo XVI llegó a la abadía de Maumünster, en Alsacia, donde quedó destruido en 1870 en la guerra Franco-Prusiana. ¡Menos mal que dos siglos antes se habían hecho en Maumünster tres copias! He aquí unas líneas del texto: 
Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su lengua, ni por sus costumbres. En efecto, en ningún lugar levantan ciudades exclusivas suyas, ni usan lengua alguna extraña, ni viven un género de vida singular. La doctrina que les es propia no ha sido hallada gracias a la inteligencia y especulación de hombres curiosos, ni hacen profesión, como algunos hacen, de seguir una determinada opinión humana, sino que habitando en las ciudades griegas o bárbaras, según a cada uno le cupo en suerte, y siguiendo los usos de cada región en lo que se refiere al vestido y a la comida y a las demás cosas de la vida, se muestran viviendo un tenor de vida admirable y, por confesión de todos, extraordinario. Habitan en sus propias patrias, pero como extranjeros; participan en todo como los ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña les es patria, y toda patria les es extraña.
Se casan como todos y engendran hijos, pero no abandonan a los nacidos. Ponen mesa común, pero no lecho. Viven en la carne, pero no viven según la carne. Están sobre la tierra, pero su ciudadanía es la del cielo. Se someten a las leyes establecidas, pero con su propia vida superan las leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los desconoce, y con todo se los condena. Son llevados a la muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos. Les falta todo, pero les sobra todo. Son deshonrados, pero se glorían en la misma deshonra. Son calumniados, y en ello son justificados. «Se los insulta, y ellos bendicen». Se los injuria, y ellos dan honor. Hacen el bien, y son castigados como malvados. Ante la pena de muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos les declaran guerra como a extranjeros y los griegos los persiguen, pero los mismos que los odian no pueden decir los motivos de su odio.
Para decirlo con brevedad, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. El alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo, y los cristianos lo están por todas las ciudades del mundo. El alma habita ciertamente en el cuerpo, pero no es del cuerpo, y los cristianos habitan también en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está en la prisión del cuerpo visible, y los cristianos son conocidos como hombres que viven en el mundo, pero su religión permanece invisible. La carne aborrece y hace la guerra al alma, aun cuando ningún mal ha recibido de ella, sólo porque le impide entregarse a los placeres; y el mundo aborrece a los cristianos sin haber recibido mal alguno de ellos, sólo porque renuncian a los placeres. El alma ama a la carne y a los miembros que la odian, y los cristianos aman también a los que les odian. El alma está aprisionada en el cuerpo, pero es la que mantiene la cohesión del cuerpo; y los cristianos están detenidos en el mundo como en una prisión, pero son los que mantienen la cohesión del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal, y los cristianos tienen su alojamiento en lo corruptible mientras esperan la inmortalidad en los cielos. El alma se mejora con los malos tratos en comidas y bebidas, y los cristianos, castigados de muerte todos los días, no hacen sino aumentar: tal es la responsabilidad que Dios les ha señalado, de la que no sería licito para ellos desertar”.