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miércoles, 20 de junio de 2012

Séneca.


A Lucio Anneo Séneca le debió de divertir el título que puso a la sátira contra el fallecido emperador Claudio: Apocolocyntosis divi Claudii (que para los que tienen el griego - y el latín - un poco hacinado, se podría traducir como La conversión en calabaza del divino Claudio. Y le divertiría en su embestida juzgarle, condenarle, desterrarle del Olimpo, arrojarlo al Hades y castigarle a jugar a los dados con un cubilete sin fondo hasta que Calígula le consiguió un puesto de honrado funcionario.
Muy divertido tal vez, pero fuera de sitio, al menos, cuando el ataque se lanza como venganza sobre la memoria de un hombre muerto.
Poco más tarde Séneca sería también hombre muerto por designio de su pupilo Lucio Domicio Enobarbo al que, con poco respeto, llamamos familiarmente Nerón.
Parece mentira que ese hombre escribiese cosas como las siguientes por las que le tenemos por recto, justo, honrado, respetuoso, serio, y profundo.
En su ensayo sobre el ocio decía: Solemos afirmar que el sumo bien consiste en vivir según la naturaleza: la naturaleza nos ha engendrado para estos dos fines: la contemplación de la realidad y la acción...
La naturaleza nos ha dado una índole sedienta de conocimiento y, consciente de su maestría y de su belleza, nos ha engendrado para hacernos espectadores de sus visiones majestuosas, porque vendría a perder el fruto de su obra si exhibiese obras tan grandiosas, tan espléndidas, tan finamente realizadas, tan deslumbrantes y bellas con una belleza multiforme a una platea vacía.
La primera consideración es sobre el hecho de su conversión. Los que siguen su trayectoria como hombre de estado, como filósofo, como fallido preceptor imperial saben bien que su camino desde la ambición juvenil al sosiego del atardecer fue limando las aristas de sus desmedidas.
Pero no interesa aquí subrayar la historia lejana y discutida y sí aplicarnos las palabras que nos dirige como posibles espectadores de la grandeza que nos acoge. Corremos el riesgo contagiado de ver solo lo despreciable porque nos distraen la acción, la vorágine de los hechos, la ramplonería de fijarnos en la superficie de los acontecimientos, de la historia, de las personas y llenar de vacío esta preciosa platea en la que vivimos, nos movemos y existimos.