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martes, 14 de junio de 2011

Escapar.

Llama la atención al verlo aparecer en escena. Se trata de la edición coreana del Sur del talent show. Los tres jueces lo miran con curiosidad. Su apariencia es la de un muchacho alto, con rasgos muy coreanos, en actitud sencilla, casi humilde. No sonríe. ¿Sabe sonreír? ¿Puede sonreír? Y se presenta respondiendo a las preguntas que le hacen para situarlo ante el público.  
Es Choi, tiene veintidós años y es huérfano desde los tres. Vive solo desde que tenía cinco años.  Y ha sobrevivido este tiempo vendiendo chicle y bebidas por las calles. Duerme en las escaleras del metro o en baños públicos. Dice que “no piensa ser un buen cantante, pero que le gusta hacerlo". Oyó cantar a artistas del canto y se propuso hacerlo él también. La interpretación que hace a continuación de "Nella Fantasía" de Ennio Morricone provoca en el jurado y en los espectadores emoción y lágrimas. Y pasa, ¡claro está!, a la eliminatoria siguiente.

En mi fantasía yo veo un mundo justo,
en él todos viven en paz y honradez.
Sueño con almas que sean siempre libres,
como las nubes que vuelan,
llenas de humanidad en el espíritu.

Vale la pena mirarlo bien. Repasar su difícil historia y contemplar a la mayoría de nuestros niños, de nuestros adolescentes, de nuestros jóvenes. Y analizar la responsabilidad que nos toca a los que convivimos con ellos o creemos poder acompañarlos en su crecimiento.  
Sobre todo, esto último. ¿Qué no hacemos y deberíamos hacer para cumplir con el papel que se nos ha asignado? ¿Qué modos de educar usamos sin volver sobre ellos para juzgarlos serena, exigente y responsablemente, para  condenarlos en lo que yerran y corregirlos con alegría, con decisión, con grandeza de ánimo, con humildad, con energía?
¿No será que creemos portarnos bien cuando procuramos a nuestros hijos, a nuestros muchachos, que tengan todo, que no tengan que luchar ni privarse ni sufrir? ¿No será que nuestra cercanía los atosiga a fuerza de un proteccionismo impersonal (¿es posible eso?: sí, cuando damos cosas y no nos damos a nosotros mismos), los ciega llenando su vida y sus ojos de tantas cosas que no pueden ver ya horizontes en su vida (¡si ya lo tengo todo!) ni hermanos con los que compartir, ni metas que alcanzar, ni prójimo al que servir?
Basta mirar un poco a nuestro alrededor, escuchar un poco la barahúnda de las palabras que deshonran nuestro aire para advertir que todo se reduce a reclamar la satisfacción de los propios “derechos”. Derechos que son muchas veces caprichos, fantasías, comida para el propio engreimiento, saciedad del gusto, degeneración de lo más noble del corazón humano, que es amar.