domingo, 29 de mayo de 2011

Stand by me...


Ben E. King (Benjamin Earl Nelson)

Un viejo góspel de 1955 se convirtió, años más tarde, por obra de Jerry Leiber y Mike Stoller, en la archiconocida canción Stand by Me que grabó en 1961 Ben E. King y que cantaron después de él muchos más. Según una revista musical, ocupa el lugar 121 en la lista de las 500 mejores canciones de todos los tiempos.
Contemplando una de sus interpretaciones, simultánea y sucesiva, por varios cantantes en diferentes partes del mundo que todos recordáis, se despiertan ideas y pensamientos que pueden resultar sugerentes.
En primer lugar cabe ver en sus palabras, más allá del sentido que quiera dárseles, un sentimiento  de cercanía, casi de posesión, de seguridad, de absolutización que impresiona. Necesito a “mi amor” cerca de mí. Se necesita, se pide  y se está seguro de su cercanía aunque las mayores desgracias, los más perfectos cataclismos acaben con todo.
Ni la oscuridad ni el desplome de los cielos ni el miedo ni las mayores preocupaciones podrán turbar el deseo de tenerte.
El atormentado estribillo, reforzado por su estructura de monosílabos, es con ellos golpes de martillo que afianzan tu presencia, mi querido, mi cariño, mi amado. 
¿Pero es seguridad lo que se canta o es miedo a perderlo? Yo diría que en el fondo resuena el eco original del canto espiritual. El cantor tiene la seguridad de que Dios está junto a él, dentro de él. Pero necesita pedírselo por el miedo a no merecerlo, a perderlo. La confianza no es absoluta aunque se sepa que Dios derrama e inspira confianza total.
La genialidad de hacerlo cantar por todo el mundo despierta, además, la sensación de que no hay distancias: no hay fronteras cuando se invita a un canto de amor. Todos saben ese canto y se sienten felices al construir un coro que hace que todos los hombres sean uno. Y que canten, porque no sólo el canto es la expresión más fuerte del amor, sino que cuando el canto es amor convierte en realidad el sueño de Dios.

viernes, 27 de mayo de 2011

La Envidia: ¿endemia? ¿pandemia? ¿se cura?


1969 ¡En la Luna!

Se lee en revistas especializadas que Buzz Aldrin (Edwin E. Buzz Aldrin, nacido en 1930) había sido el mejor en todo y siempre. Voló en 66 misiones de combate en la Guerra de Corea y fue una de las figuras más importantes en el Programa Apolo de llegada a la Luna en 1969 como piloto de la tripulación de la misión de Apolo XI, siendo la segunda persona en pisar la Luna después del comandante de la misión, Neil Armstrong. Pero a su regreso a la tierra entró en una profunda depresión y unos meses más tarde empezó a tener problemas con el alcoholismo. Parece que ese proceso, que supo, quiso y pudo  superar, se debió a no haber sido el primero. Ser el primero en pisar la Luna fue un acontecimiento en la historia de los avances del hombre en conocer el universo.
Cuando San Agustín, agudo y buen conocedor del corazón del hombre, experto en historias humanas a partir de la suya, decía de la envidia que «es fiera que arruina la confianza, disipa la concordia, destruye la justicia y engorda toda especie de males» decía muchas verdades muy redondas y muy seguidas. 
En realidad, es una enfermedad. Y aunque se ha dicho muchas veces que es la endemia más grave del alma española, hay que pensar que es una pandemia que acompaña al hombre (¡y a la mujer!) en todas partes desde que existimos.
«La envidia - escribía Plinio el joven (¡qué noble la estirpe la de los Plinios, viejos y jóvenes!) -  y aun su apariencia es una pasión que implica inferioridad dondequiera que se encuentre».
Pero si creemos que San Agustín y Plinio tenían razón, será provechoso que, para nuestra propia educación y la educación de los que aprenden de nosotros, tengamos presente una advertencia de las que dictan los sabios, quedando por decir otras, muchas y más importantes,  que también dicen y que es fácil evocar.
La envidia anida en el instinto de quien vive buscando junto a otros. Es un impulso natural y “social”. Por lo cual, cuando formamos y nos formamos, no podemos poner por delante de todo (ni detrás) la convicción de que se debe vivir intentando ser el mejor. Estaríamos admitiendo la propia inferioridad y restando confianza en sí mismo. Porque ¿quién llega a creerse el mejor sin llegar a ser uno de los más tontos? 
Ser uno mismo es la meta del proyecto de sí que se vive cada día. Implica autoestima, es decir, confianza en sí mismo, que se alimenta con el afecto (¡el afecto!: porque se da afecto invenciblemente al que es “él mismo” y no pretende ser o parecer más que los otros) de los que nos rodean. Se ama al que muestra ser lo que es. Se rechaza, se aleja, se condena y, desde luego, no se ama al que se adorna para “parecer”.  
Cuando Gertrudis le dice a Hamlet que “parece”… éste contesta: “Yo no sé parecer sino ser”.  No era el mejor, ni se lo creía, pero por encima de todo quería ser el que era.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Matar el tiempo.


No recuerdo si fue en el Catón de los niños, de Saturnino Calleja (dulce, amable compañero, fuente de todo saber, enciclopedia universal de mis años infantiles) o en otro de aquellos libros familiares, donde vi una figura que me infundió terror (tendría yo cuatro años…): un niño, armado con una escopeta, estaba en disposición de disparar contra un reloj de arena. Y figuraba, además, la solemne definición de aquel acto: MATAR EL TIEMPO.      
Mi terror (mi dominio de la metáfora era, más o menos, como ahora, muy cortito)  me asediaba por dentro con perfiles sin explicaciones: “¡Un niño con una escopeta! ¡Un niño en actitud de matar, él solo, decidido, sin que nadie le dijese nada! ¡Quería matar a aquel extraño reloj que yo no había visto nada más que en dibujo! ¿Mataba al tiempo disparando sobre un reloj de arena? ¿Y qué pasaba después? ¿Buscaba más relojes? ¿Se acababa el tiempo cuando matase al último? ¿Cómo es el tiempo? ¿Qué es el tiempo? Si aquel niño no lo mataba, ¿lo mataría una persona mayor? ¿Y por qué querían matar al tiempo?”.
Yo entonces no tenía idea de lo que era el tiempo. Ni ahora tengo idea de lo que es.  Pero he tenido que vivir la vida y aunque la vida es otro misterio, he tenido que  experimentar en qué se emplea. En mí y en otros. Y he visto que la vida se desenrolla como una bobina de papel. Y que el rollo de algunos acaba pronto y que el de otros, aunque es largo, sigue en blanco. En otros hay borrones y otros lo llevan roto. He visto obras de arte, proyectos y realidades, belleza y grandeza, miseria y mezquindad, garabatos como si se estuviese esperando no tener que escribir ni dibujar ya nada, porque es pesado comprometerse en plasmar algo serio. O se estuviese también esperando a que otro hiciese lo que uno no quiere hacer o no sabe o no puede. Tal vez muchas de estas acciones y omisiones tengan que ver con el tiempo y se parezca a matarlo.
¡Pero qué felices nos hacen los que se afanan (con el gozo de estar viviendo de verdad, de estar creando, de estar sirviendo, de estar amando) para poder regalar a los otros, sacada casi de la nada, una obra de arte!.

lunes, 23 de mayo de 2011

María.


Gilbert Keith Chesterton (1874-1936), un grande de la literatura inglesa del siglo XX, convertido al catolicismo en 1921, era un hombre sobresaliente, no sólo por su estatura y corpulencia (le faltaban siete centímetros para los dos metros y pesaba 134 kilos), sino por su valentía, su fortaleza al superar los severos muros que se le presentaban en su camino hacia la conversión, su sentido del humor y su mentalidad siempre abierta.
Afirmaba que su conversión al catolicismo se debía, entre otros factores, a dos hechos, de los que uno, referido a María, lo reflejaba así: «... un místico católico escribía: “Todas las criaturas deben todo a Dios; pero a Ella, hasta Dios mismo le debe algún agradecimiento". Esto me sobresaltó como un son de trompeta y me dije casi en alta voz: "¡Qué maravillosamente dicho!" Me parecía como si el inimaginable hecho de la Encarnación pudiera con dificultad hallar expresión mejor y más clara que la sugerida por aquel místico, siempre que se la sepa entender».
Su devoción a la Virgen en la que le acompañaban sus amigos, también convertidos, Maurice Baring y los PP. John O’Connor y Ronald Knox, lo expresaba interpretando un verso de la Eneida de Virgilio (Maria undique et undique coelum, que se traduce Mares doquier y por todas partes cielo) de este modo: María por todas partes y por todas partes cielo.   
El padre Vincent McNabb, otro de sus amigos, relataba así su último encuentro con Chesterton: «Fui a verlo cuando murió. Pedí estar solo con el hombre moribundo… Era sábado y pensé que quizás en otros mil años Gilbert Chesterton podría ser conocido como uno de los cantores más dulces de aquella hija de Sión siempre bendita, María de Nazareth. Sabía que las calidades más finas de los Cruzados eran uno de los tesoros de su gran corazón, y luego recordé la canción de los Cruzados, la Salve Regina, que nosotros los Blackfriars cantamos cada noche a la Señora de nuestro amor. Le dije a Gilbert Chesterton: "Escuche usted la canción de amor de su madre." Y canté a Gilbert Chesterton la canción del Cruzado: “¡Salve, Reina Santa!”».
¡Ojalá en nuestra vida esté siempre presente la Auxiliadora de Dios, como la definía Chesterton, la Señora de nuestro amor, como los Frailes Negros la tenían en sus vidas!; ¡ojalá nos convirtamos, como Cruzados de la fe, en dulces cantores de aquella Hija de Sión siempre bendita, María de Nazaret! ¡Y ojalá sigamos recordando y cantando la bellísima elegía de los hijos a su Madre como es la Salve, Reina y Madre tan filial, tan entrañable, tan española!
Y, sobre todo, ¡ojalá podamos repetir con claridad, acompañados por tal Madre en el paso definitivo hacia la Vida, lo que en la oscuridad de sus ensueños, semiconsciente, dijo: “El asunto está claro ahora. Está entre la luz y las sombras: cada uno debe elegir de qué lado está”!