domingo, 20 de noviembre de 2016

A la cabeza!!

La aventura (¿aventura?) de Napoleón Bonaparte en Egipto fue un cambio de ruta en el proyecto del Directorio de invadir Inglaterra: en vez de la metrópoli, su grandeza en  África.
Recuerdas todo sin duda mejor que yo, por lo que solo me detengo en dos puntos muy sencillos y muy prácticos para nuestro intento. El primero es archiconocido, pero tan romántico y tan excitante que vale la pena traerlo también aquí. Se trata de la conocidísima arenga del gran general ante las pirámides y antes de lanzarse a la conquista: «Soldados. Vinisteis a este país para salvar a sus habitantes de la barbarie, para traer la civilización a Oriente y sustraer esta bella parte del mundo a la dominación de Inglaterra. Desde lo alto de estas pirámides, cuarenta siglos os contemplan». Era julio de 1798.
Cuando en la batalla, que resultó definitiva, se iban a encontrar con un ejército  de 54.000 soldados árabes salpicados de jenízaros y los temibles 6.000 mamelucos (los hombres de la cimitarra,  herederos del ardor de los 12.000 jóvenes comprados en 1230 en el Cáucaso por un decidido sultán) los oficiales franceses recordaron a sus soldados que, al apuntar el tiro, disparasen a la cabeza de los caballos y de ese modo «los caballos recularían, desmontando a su jinete».    
¿Conducimos así el ejército de nuestros muchachos? ¿Somos capaces de hacer que nuestra propia vida, nuestro estilo de convencer, nuestro modo de expresarnos sea una arenga vital que contagie a nuestro “ejército”? Puede suceder que no creamos en lo que pedimos o exigimos, ni creamos en nuestra capacidad de transmitir entusiasmo, ni estemos convencidos de que les resulte de algún modo atractivo el plan de guerra común. Y si, además, no apuntamos a la cabeza, si no herimos el corazón, si no somos capaces de sembrar entusiasmo en sus vidas, el resultado de la campaña de nuestra educación será bien pobre. Si es que es. 

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