lunes, 20 de mayo de 2013

Una Madre.



La riqueza que se expande del sueño que Juan Bosco tuvo a los nueve años nos hace comprender que la “Mujer de aspecto majestuoso, vestida con un manto que brillaba por todas partes como si cada uno de sus puntos fuese una fulgurante estrella” que se presentó ante su mirada, era una Madre, era la Madre a la que Mamá Margarita le había enseñado a invocar tres veces al día.  
«No con golpes, sino con mansedumbre y amor tendrás que ganarte a tus amigos» le enseña a cumplir lo que se le ordena. La mansedumbre y el amor son los tesoros vivos con que una Madre inunda una casa y las vidas de los que viven en ella. Y prosigue como una Madre preocupada por el crecimiento espiritual y corporal de su hijo: «Este es tu campo: mira dónde tendrás que trabajar. Hazte humilde,  fuerte y robusto, y lo que en este momento ves que sucede a estos animales, deberás hacerlo tú por mis hijos».
¡Mis hijos!… “En aquel momento… me eché a llorar y pedí a la Señora que hablase de modo que la entendiese, porque yo no sabía lo que podía significar. Entonces Ella me puso la mano sobre la cabeza y me dijo: «A su debido tiempo lo comprenderás todo».
En 1877 redactó un breve tratado sobre El Sistema Preventivo en la educación de los jóvenes. En él volcó, en la medida que daba de sí el escrito, su corazón. Un corazón abierto para jóvenes que se acercaron a él o que él fue a buscar entre los más abandonados de Turín desde 1841 a los que les faltaba el cariño de la familia y una madre. Un compañero de Domingo Savio escribiría más tarde: “Yo estaba a gusto en el Oratorio, pero mis pensamientos y mi corazón estaban siempre en mi madre, sobre todo por la tarde cuando empezaba a oscurecer. Por eso a las 5, cuando llegaba al estudio, lo primero que hacía era conversar un poquitito con ella diciéndole muchas cosas por escrito en el mismo cuaderno de apuntes, vertiendo en ella como si la tuviese presente todo mi corazón. Después me secaba las lágrimas y me ponía a trabajar en el mismo cuaderno que servía, por eso, al mismo tiempo para los desahogos del corazón y los deberes de clase”.
Razón, religión y cariño era la síntesis de su “sistema”. Y María, la Reina, la Maestra, la Madre de Dios, la Madre de todos, que compendiaba todos los cariños de todas las madres ausentes.

jueves, 16 de mayo de 2013

Una Maestra.


Los que conocen la vida de Don Bosco saben que, a los nueve años, tuvo un sueño que marcó su existencia: “A los nueve años – escribió varias décadas después - tuve un sueño que quedó profundamente grabado en mi mente para toda la vida”: Un Hombre venerable le llamó por su nombre y le ordenó que se pusiese al frente de un grupo de muchachos que reían, jugaban, blasfemaban… «Ponte… inmediatamente a darles una instrucción sobre la fealdad del pecado y la preciosidad de la virtud». “Confuso y amedrentado, respondí que yo era un niño pobre e ignorante, incapaz de hablar de las cosas de Dios a aquellos jovencitos”. Y entonces aquel Personaje le aseguró que sí podría hacer lo que le mandaba: «Yo te daré la Maestra bajo cuya enseñanza puedes hacerte sabio, y sin la que toda sabiduría se convierte en necedad».

Después de casi doscientos años de aquel sueño, Don Bosco sigue hablando a los jóvenes por todo el mundo de la belleza de la vida, de la preciosidad de la virtud, de la rectitud de la conducta, de las cosas de Dios.

Y sigue enseñando a los jóvenes que se dejan enseñar que María es para todos los creyentes, de cualquier credo, edad y condición, la Maestra de Vida que conduce hacia la Verdad por el único Camino que lleva al Bien verdadero: el camino de la Escuela del Amor, de las cosas de Dios.

El primer título que rodea y caracteriza a la Madre de todos los hombres es, en varias expresiones, el de Guía, Maestra y Educadora. En aquel sueño hay un gesto de esta Maestra que Don Bosco recordaba con detalle y que la vida no nos puede enturbiar a nosotros: “Al verme confuso con mis preguntas y respuestas, me indicó que me acercase a ella, me tomó con bondad la mano y «¡Mira!», me dijo…

Don Bosco sintió toda su vida que su mano estaba apoyada en la de una Maestra segura, de modo que en 1887, unos meses antes de su muerte, afirmaba: "Hasta ahora hemos caminado sobre seguro. No podemos errar; es María la que nos guía".

Nos viene bien un examen del camino que hemos hecho y del que nos queda por cerrar. ¿Hemos pensado alguna vez que tal vez no fue casualidad que mi vida se encauzase durante algún tiempo en una casa de Don Bosco? ¿He clasificado las luces que me han iluminado mis pasos apartando las que me llegan de los ojos luminosos de la misma Maestra que tuvo Don Bosco? ¿He dejado de sentir en mis manos el cariño, la firmeza, la seguridad que con sus manos desea comunicarme?

sábado, 11 de mayo de 2013

Excelencia.



No es exagerado dar al cacao el calificativo de excelente. Fue Carlos Linneo, si no yerro, el que lo catalogó botánicamente como theobroma cacao, es decir, manjar divino. Sus maracas, el fruto del árbol, que contienen unas 40 semillas, nacen de una preciosa flor que brota del tronco o de las ramas más viejas. Pero no todas las flores (puede haber hasta seis mil en un mismo árbol) se convierten en fruto. Sólo llegan a serlo unas 20 en cada árbol.
Los arqueólogos de este regalo de la naturaleza aseguran que en Puerto Escondido (bonito nombre para ese lugar de Honduras) se ha encontrado el vestigio más antiguo del consumo de este producto como bebida: hace cuatro mil años. Es decir, cuando Abraham se las tenía que ver con los reyezuelos Kedorlaomer, Tidal, Amrafel y Arzok, por defender a Lot, su sobrino. O en Egipto el faraón Mentuhotep IV soportó una bronca del pueblo por las consecuencias de una pertinaz sequía. ¡Cuatro mil años gozando del chocolate!
¿Y qué? Pues que llegar a excelente no es cosa de todos. Y que lograrlo, en el hombre, no depende de la suerte, de brotar del tronco o de disfrutar de una temperatura acariciadora y de una riqueza del suelo adecuada a su deseo.
Es impresionante estudiar la conducta de algunas personas que respiran suspicacias, lanzan acusaciones, sudan resentimientos y escupen amenazas cuando se estudia el recorrido que han hecho por los vericuetos de la envidia y las huras de la holgazanería.
Son hijos de quienes no les acompañaron en su crecimiento. No supieron despertar en ellos el ideal de dar la vida y, por el contrario, les alentaron en armarse su propio camastro en la sinecura.

lunes, 6 de mayo de 2013

Domingo Savio.



Domingo Savio (alumno excepcional de Don Bosco en su Oratorio de Valdocco y santo desde 1954) aparece en su fiesta (hoy, 6 de Mayo) en un testimonio de 1906, de Francisco Cerruti, un compañero dos años más joven que él, que fue, con D Bosco y a los 15 años, uno de los fundadores de la Congregación salesiana en 1859.

“DOMINGO SAVIO Y LOS CINCUENTA AÑOS DE LOS HUMILDES”
«La tarde del 11 de noviembre 1856 yo entraba en el Oratorio S. Francisco de Sales de Turín. De mi humilde pueblecito pasaba a la capital del antiguo Reino de Cerdeña; desde los cuidados de una madre tiernísima, toda corazón y toda piedad, que guió durante 30 años mis pasos en el camino de la vita y ahora me sostiene desde el Paraíso, la Divina Providencia me conducía entre los brazos de un segundo padre, don Bosco, ya que al primero, mi padre, lo perdí ante de haber cumplido yo tres años.
Me encontré, los primeros días, como perdido. Aun estando con gusto en el Oratorio, mis pensamientos y mi corazón estaban siempre en mi madre, sobre todo por la tarde, cuando comenzaba a oscurecer. Por eso a las cinco, cuando llegada al estudio con mis compañeros, lo primero que hacía era hablar un ratito con mi madre diciéndole muchas cosas por escrito, en el mismo cuaderno de apuntes, vertiendo en él, como si la tuviese presente, todo mi corazón. Después, secadas mis lágrimas, me ponía a trabajar en el mismo cuaderno, que servía a un tiempo por eso para los desahogos del corazón y los deberes de clase. Y esta música... duró bastante.
Un día, durante el recreo, mientras estaba acobardado y pensativo, apoyado en una de las columnas del pór­tico, se me acerca un compañero de aspecto modesto, frente serena y mirada dulce y me dice: “¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?....” – “Me llamo Francisco Cerruti” – “¿En qué clase estás?” – “Segundo de bachillerato” – “¡Oh! Muy bien, siguió él; por tanto sabes latín.... ¿Sabes de dónde deriva Sonámbulo? – “De sonno ambulare.  Pero ¿quién eres tú?” le pregunté mirándole a la cara. – “Yo me llamo Domingo Savio” – “¿En qué clase estás?” – “En cuarto de bachillerato” – Y sin hacer más preguntas: “Seremos amigos, ¿no es verdad? Me preguntó”. – “Con mucho gusto”, le respondí yo”.
Hecho esto, nos separamos, pero su fisonomía, su actitud en aquel momento, hasta el mismo lugar en el que tuvo lugar aquel coloquio afortunado, todo me quedó tan profundamente impreso, que lo tengo presente como si hubiese sucedido ayer. Tuve ocasión frecuente de estar cerca de él, de hablarle, de entretenerme con él, aun en circunstancias íntimas de la vida, durante aquellos tres meses y medio que pasaron desde aquel primer coloquio hasta su partida para Mondonio, que tuvo lugar la tarde del 1° de marzo de 1857».

sábado, 4 de mayo de 2013

Vértigo.



No vamos a animar a nadie a que imite a estos dos jóvenes fotógrafos rusos, Vitaly Raskalov y Alexander Remnov. Los conocéis todos. Son estudiantes, pero en su afán de encontrar objetos dignos para su obra, se dedican también a escalar. Escalan edificios de 74 pisos, azoteas de construcciones de muchos cientos de metros de altura, cimas de puentes y torres modernísimas, pirámides egipcias de hace 4.583 años, como las de los tres faraones (abuelo, padre e hijo) de la cuarta dinastía, que llamábamos antes con voces griegas Keops, Kefrén y Mikerinos y ahora nos las hacen conocer como Jufu, Jafra y Menkaura…
Y escalan sin permiso, de día y de noche, sin ayuda de instrumentos propios de esa aventura, con la cámara al cuello y trepando sin más seguridad que la de sus manos. O así parece. 
¿Y por qué no vamos a animar a nadie a que haga eso? Porque está mal. Hay cosas que están mal y no se deben hacer. Y cosas que están bien y se deben copiar. Y lo que debemos copiar de estos jóvenes es su afán de superación, su sueño por la altura, su entrega a la ejecución de los sueños de nuestra vida, su victoria sobre las dificultades y el dolor en el trabajo.
Sin darnos cuenta, pretendemos que nos lo den hecho: lo pequeño y lo grande. La llamada “ley del mínimo esfuerzo” es para algunos una ley que forja la quimera de su vida en no mancharse, no sudar, no doblar el espinazo, no llorar, no sufrir… Me contaba un buen amigo médico, que le daba pena pensar en la  educación que podían dar a sus hijos las madres que acudían a la consulta con un único deseo: “¡Pobrecito, que no le duela!”. La salud no les importaba, pero sí el dolor.
No hay por qué asumir un sufrimiento gratuito. Pero no se puede caminar sin ser capaz de soportar con valentía, y casi con placer, el dolor que produce la marcha, el ascenso, el sentimiento lacerado de que se está logrando la meta.