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domingo, 13 de diciembre de 2015

Navidad.


El Papa Francisco nos entreabre la puerta ante el misterio amoroso de la Navidad. Sus afirmaciones son otros tantos interrogantes que deben remover nuestras entrañas al contemplar el entrañable regalo que Dios me hace de un Niño que es Dios, pero que nace hombre para vivir como yo, para sufrir como yo, para enseñarme a amar como Él lo hace, para amar como yo, para morir por mí.
«Dios no da nunca un regalo al que no es capaz de recibirlo. Si nos ofrece el regalo de Navidad es porque todos tenemos la capacidad de comprenderlo y recibirlo. Todos, desde el más santo al más pecador, desde el más limpio al más corrompido. También el corrompido tiene esa capacidad: pobrecito, a lo mejor la tiene un poco oxidada, pero la tiene. Navidad en estos tiempos de conflictos es una llamada de Dios que nos hace este regalo. ¿Queremos recibirlo o preferimos otros regalos? Esta Navidad en un mundo atormentado por las guerras, a mí me hace pensar en la paciencia de Dios. La virtud principal de Dios que se muestra en la Biblia es que Él es amor. Él nos espera, nunca se cansa de esperarnos. Él nos hace el regalo y después nos espera. Esto sucede también en la vida de cada uno de nosotros. Algunos lo ignoran. Pero Dios es paciente. Y la paz, la serenidad de la noche de Navidad es un reflejo de la paciencia de Dios con nosotros».
Me permito hacerme estas preguntas que entresaco de las palabras del Papa por si te sirven también a ti. 
¿Me gusta recibir regalos? ¿De cualquier persona? ¿También de Dios? ¿Me molestan los regalos que me comprometen, que me obligan a hacer algo que me parece que no va conmigo, que me dejan con el fastidio de tener que corresponder? ¿Tengo atormentado mi mundo personal, interior…? ¿Me da miedo ahondar en él? ¿Tengo oxidada mi sensibilidad hacia las cosas que estropean mi atención a lo que de verdad me interesa: nombre, dinero, amores…? ¿Me deslumbra y me basta el brillo de las luces, el color de los farfollas, la caricia de los sentidos? ¿Me gusta y deseo y necesito que Dios siga siendo paciente conmigo? 

jueves, 15 de diciembre de 2011

El árbol de la Vida.


Sería pobre que el árbol de Navidad quedase en puro adorno en nuestras casas. Y sería rico que fuese fuente de sugerencias para nuestro espíritu. Se dan diferentes explicaciones sobre su origen y naturaleza: como la veneración del árbol venerado por los Druidas de Europa central que los cristianos tomaron para celebrar el nacimiento de Cristo siguiendo a San Bonifacio en el siglo VIII; él lo adornó con manzanas y velas precursoras de los adornos que hoy se usan.
Se difundió por la Europa más “moderna” casi mil años más tarde y parece que llegó a España a mitad del siglo XIX.
Evocan el árbol del Paraíso cuyo fruto provocó la soberbia del hombre en sus orígenes. Recuerda el árbol en el que Cristo dio la vida para que todos los hombres la tengan en abundancia y para siempre.
En Steyr, ciudad del norte de Austria, hay un árbol sorprendente. Es el altar de la iglesia del Niño Jesús. Se cuenta que en 1694 llegó a la ciudad un campanero nuevo, enfermo de epilepsia. Era un verdadero amigo del Niño Jesús. Y en un hueco de la corteza de un abeto puso una Sagrada Familia en cuya contemplación encontraba alivio para su mal. Oyó que se atribuía a una imagen del Niño Jesús la curación de una monja paralítica y él puso una copia de cera de aquella imagen en el hueco del árbol. Empezó a sentirse curado y comenzaron las peregrinaciones hasta el Niño Jesús del árbol.
Se construyó una iglesia alrededor de aquel árbol privilegiado, porque sobre él descansan el altar y el sagrario. Y sigue abrazando al Niño Jesús de cera que bendice a los hombres y los inunda con su luz.
¡Ojala el árbol de Navidad, el árbol de la Vida fuese en cada casa, en cada plaza, en cada ciudad en que se levante un foco que irradie amor y paz, los dones que Jesús nos regala al regalarse a sí mismo!