jueves, 7 de julio de 2016

Castigar?

Yamato Tanóoaka apareció una semana más tarde. Perdonó a su padre por haberle castigado dejándolo en la carretera y prometió portarse bien en adelante. A los siete años debe de ser arriesgado caminar unos cuantos kilómetros hacia Nanae-cho sin saber nada del lugar. Y sin saber ni haberse encontrado por aquellos parajes con osos salvajes, como se decía al dar la noticia.
Supo después, seguramente, que se le había buscado afanosa y sistemáticamente pero en dirección errónea.
Pasado el susto y vuelto al abrazo paterno, se nos vienen muchas preguntas a la cabeza. Empecemos por la más espontánea: ¿Le habrá castigado el abuelo del niño al padre por haber perdido al nieto? (¿perdido o abandonado?). ¿Habrán dormido padre y madre alguna noche de las que mediaron hasta el encuentro? ¿Qué habrán revuelto en su cabeza y en su corazón durante el obligado insomnio? ¿Existirá alguna mediación legal para hechos como el presente? ¿Le habrá pedido perdón el padre al hijo por haberse pasado de justo? ¿Sentirá el padre que, de verdad, fue justo y si lo cree así, en qué grado practicó la justicia? ¿Tiraba el niño piedras a los coches y viandantes? ¿Llevaba en el coche repuesto de piedras? ¿Conducía el padre el coche o tenía conciencia de que estaba conduciendo algo más?          
Para un padre o una madre o un maestro o una profesora es un problema esto de la administración de castigos. 
Si castigar es, como se dice y parece correcto, hacer bueno, ¿estamos seguros de que el castigo hace bueno al que lo recibe y es bueno el que lo impone? Porque si no es bueno el que lo impone ¿tiene derecho y fuerza para imponérselo al que, como él, necesita hacerse bueno? El primer sentimiento del que recibe un castigo es un insulto callado al que le castiga. Y probablemente el insulto, mire usted por dónde, es acertado y justo.
El único modo de castigar, es decir, de hacer bueno, de educar, es amar. Don Bosco decía que la educación es cosa del corazón. El no empezó proponiéndose educar. Nació, creció y se hizo grande amando. Y excluyó de su camino de padre al que no era capaz de sentirse hijo, es decir, de sentir que era amado. Cuando se decía - y se sigue diciendo - que el admitía en su casa, en su “oratorio” a todos, se afirma que lo hacía a todos los que eran capaces de sentirse amados. Porque en su casa, en su “oratorio”, se dispensaba como alimento de vida el amor.

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