miércoles, 5 de marzo de 2014

Tántalo.



No se sabe por qué el lago Karagöl, “lago negro”, en el monte Yamanlar de Turquía, llegó a ser el lugar de la tumba de Tántalo. Tal vez porque sus aguas cubren la boca de un pavoroso volcán que se abre desde las entrañas del Tártaro. Sea como sea, Tántalo era un sinvergüenza, decían sus amigos. Veamos. Su padre, Zeus, le invitó a un banquete de dioses en el Olimpo. Y Tántalo volvió al mundo de los mortales no sólo con ganas de contarles (para presumir de importante o para comprarles su estima) los secretos de los dioses que habían cotilleado en la sobremesa, sino que se trajo en los bolsillos un poco de néctar y de ambrosía.
Ofreció a su hijo Pélope a los dioses en el banquete con que quiso corresponder a su anterior invitación (Zeus, después, por medio de las Moiras, le dio una nueva vida), robó el perro de oro que había guardado a Zeus recién nacido y negó el hecho. Zeus, harto de tanta codicia, lo aplastó con una roca del monte Sípilo y allí sufre para siempre.
Todos estos cuentos del pensamiento antiguo pueden servirnos para descubrir en ellos una crítica a la codicia que alimentan los que creen que, queriendo tener más y más…,  e intentando lograrlo, pueden llegar a ser felices.
La Cuaresma que los cristianos guardan es un ejercicio de limpieza del propio ánimo de la tendencia humana (y de la urraca) a la avaricia o codicia de tener y de guardar (los chinos llaman a esa inteligente ave - en chino, naturalmente - urraca feliz), y de ese modo olvidar que ser vale más que saber y mucho más que tener. 
No debemos atender sólo a las prácticas conocidas de este tiempo especial, sino que debemos responder, en este tiempo y en todos los tiempos, a la necesidad profunda de ayunos y abstinencias de todo lo que nos hace más esclavos, más animales, más egoístas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.