jueves, 30 de mayo de 2013

La Ley del Embudo.



Como sin duda recuerdas, en el “Tratado primero” de su autobiografía cuenta “Lazarillo de Tormes”: Mi  viuda madre, como sin marido y sin abrigo se viese, determinó arrimarse a los buenos por ser uno de ellos, y vínose a vivir a la ciudad y alquiló una casilla y metióse a guisar de comer a ciertos estudiantes, y lavaba la ropa a ciertos mozos de caballos del comendador de la Magdalena, de manera que fue frecuentando las caballerizas.
Ella y un hombre moreno de aquellos que las bestias curaban vinieron en conocimiento. Éste algunas veces se venía a nuestra casa y se iba a la mañana. Otras veces, de día llegaba a la puerta en achaque de comprar huevos, y entrábase en casa. Yo, al principio de su entrada, pesábame con él y habíale miedo, viendo el color y mal gesto que tenía; mas, de que vi que con su venida mejoraba el comer, fuile queriendo bien, porque siempre traía pan, pedazos de carne y en el invierno leños a que nos calentábamos.
De manera que, continuando la posada y conversación, mi madre vino a darme un negrito muy bonito, el cual yo brincaba y ayudaba a calentar. Y acuérdome que, estando el negro de mi padrastro trebejando con el mozuelo, como el niño vía a mi madre y a mí blancos y a él no, huía de él, con miedo, para mi madre, y, señalando con el dedo, decía: -¡Madre, coco! Respondió él riendo: -¡Hideputa! Yo, aunque bien mochacho, noté aquella palabra de mi hermanico, y dije entre mí: «¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mismos!».
No es que yo afirme que el inventor de la Ley del embudo fuese el hermanico negro de Lázaro. Porque debe de ser el embudo tan natural que hasta un niño que empieza a hablar ya lo usa. Lo asombroso de una ley como esa (que debió de nacer con el primer ser vivo que nació) no es tanto que yo me conceda a mí lo ancho para dejar lo angosto al otro, sino que cuando lo hago no me entere de que estoy  cometiendo un fraude como si fuese lo más justo del mundo, de la vida y de la historia. 
Quiero decir que el que más chilla no es el que más trabaja, ni el que más pide el que más necesita, ni el que más reclama el que más derechos tiene, ni más blanco el que rechaza al negro. ¡Cuántos cocos andan sueltos de lengua y de pies por el mundo y llenan ese mundo que los aguanta - ¿hasta cuándo? – y que ponen negros a los que no son como ellos, o no les hacen caso porque conocen su bastardía!

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